Por Alfredo Ruiz |

El cineasta Julián Hernández afirma con seguridad: “creo que el emplazar una cámara y mover a los actores pensando en que alguien después lo va a ver es una responsabilidad tremenda”.

 

Su nombre no debe pasar inadvertido en la historia del cine mexicano contemporáneo, pues se trata de uno de los máximos exponentes nacionales del séptimo arte alrededor del mundo. Sus obras se han exhibido en los festivales más importantes, desde Guadalajara, Lima y Colombia hasta Berlín y Toronto.

 

Julián Hernández egresó del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC), de la Universidad Nacional Autónoma de México; sus películas, por lo general, tratan temas relacionados con el erotismo, el amor, la muerte y el sexo. El cineasta es el único mexicano que ha ganado dos Teddy Award (el reconocimiento de mayor prestigio internacional para las películas con temática lésbico, gay o transgénero) dentro del Festival Internacional de Cine de Berlín. En el 7º Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires, la Fundación Hubert Bals le otorgó el premio para desarrollar su proyecto de largometraje: Y he aquí que llegó un día verdaderamente caluroso y volví el rostro al cielo y me di cuenta de todas las injusticias que hay bajo su capa. Su trabajo ha rebasado los límites cinematográficos y ha incursionado en otras disciplinas artísticas como el teatro, como director de escena al montar obras teatrales del dramaturgo Bernard-Marie Koltés y algunas óperas. No obstante, la crítica y la prensa cinematográfica no han reconocido como se debería a Hernández.

 

El cineasta mueve la cámara al ritmo de los personajes y transforma los paisajes por medio de la lente con películas de larga duración como Rabioso sol, rabioso cielo (2008), de 191 minutos que parecen volar a lo largo de una historia mística narrada en diversos tiempos, llena de pasión y erotismo, fundidos en una fotografía impecable y en actuaciones que obligan a adentrarnos en la eternidad y en la profundidad de los personajes.

 

Las películas de este director son un reto para el espectador, quien debe quitarse de prejuicios y etiquetas como la de “cine mexicano” y, la más difícil de eliminar para muchos, “cine gay”. Dichas etiquetas limitan el lenguaje cinematográfico que exhibe este director. Sus premios han servido para lograr que sus películas tengan distribución en muchos países de Europa; sin embargo, en México son poco reconocidas.

 

En la actualidad, trabaja en su último largometraje, Yo soy la felicidad de este mundo (2014), con la cual promete seguir provocando emociones en el espectador. La película está conformada por tres historias, unidas por un director de cine que va conociendo distintas personas, como un bailarín y un prostituto. El filme busca seguir compitiendo en festivales alrededor del mundo y dar un mayor alcance al trabajo del director, quien sorprende con cada movimiento y cada historia que nos regala.

 

Lo que resulta interesante es esta tendencia del cine mexicano a exportar y vender más en el extranjero que en México. Hemos visto cómo el trabajo de Julián Hernández sigue la tendencia que se repite con la mayoría de los buenos directores de hoy en día. Las preguntas surgen por sí solas: ¿cuándo lograremos apreciar el trabajo de los jóvenes realizadores?, ¿necesitamos del reconocimiento de instituciones extranjeras como la Academia de Estados Unidos y otros festivales para apreciar el trabajo de mexicanos como Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro o Alejandro González Iñárritu?

 

Julián Hernández es un ejemplo de dedicación, del gusto por el oficio cinematográfico y de una gran sensibilidad artística.