Por: Yarmille Cuéllar  |

Los padres de José habían ido a un pueblo ubicado en el Estado de México a visitar al Señor de Chalma, conocido por las múltiples peregrinaciones que acudían a su santuario en diferentes épocas del año; la manda de sus padres era agradecer al santo que su nueva bebé había nacido sana; sólo estuvieron ahí el fin de semana. La noche de su regreso, el autobús en el que viajaban tuvo una falla durante el camino y en una curva chocó. Quedó tan destrozado que no se notaba dónde había sido el golpe, ni siquiera se distinguía la figura del autobús: todos los que iban a bordo, incluidos los padres de José y su nueva hermana, murieron. Numerosas familias perecieron. José fue informado más tarde por los familiares de los fallecidos, algunos de los cuales eran sus vecinos.

 

Después de lo sucedido, José tuvo que hacerse cargo de sus ocho hermanos; de un día a otro, pasó a ser padre. Temía que el DIF se los quitara y que no pudiera verlos más, pero para su fortuna al poco tiempo cumplió 18 años. Durante esos meses, ideó la forma de cuidar a sus hermanos con ayuda de María, su hermana de 15 años; aunque buscó trabajo, los horarios que le ofrecían no cuadraban con su nueva forma de vida y el sueldo mínimo no alcanzaba para los gastos en casa.

 

Se le ocurrió limpiar parabrisas en algunos semáforos; parecía un trabajo sencillo, sin dificultad y que podría hacer durante sus tiempos libres. Al principio, tuvo problemas, pues no podía pararse en cualquier esquina; debía formar parte de la CNOP (Confederación Nacional de Organizaciones Populares), quien, mediante un representante de la zona, le asignaría un lugar, una vez que entregara acta de nacimiento, comprobante de domicilio, IFE, CURP (todo en copias) y cuatro fotografías tamaño infantil para una credencial que le darían una vez entregada la documentación.

 

Los trámites tomaron algún tiempo, ya que la CNOP debía revisar sus papeles para ver si era “candidato” al puesto; tras unas semanas, lo aceptaron y, una vez registrado, comenzó a trabajar en la esquina asignada. Pero el lugar quedaba muy lejos de casa, por lo que estuvo pendiente para que, cuando otro limpiaparabrisas que trabajara cerca de su casa fallara, él pudiera tomar el lugar, Después de pocos meses, lo consiguió, y estar cerca de casa lo ayudó a cuidar a sus hermanos, cumpliendo lo que le indicaba la confederación.

 

Como demostró que estaba trabajando y que su hermana se hacía cargo de los niños mientras él no estaba en casa, no tuvo problemas ante el DIF. María y él se pusieron de acuerdo para estar al tanto de sus hermanos: ella se encargaba de llevarlos a la escuela, lo que le permitía seguir estudiando la secundaria por la mañana; durante la tarde, cocinaba, realizaba los deberes de la casa y se encargaba de que los hermanitos hicieran la tarea. José estudiaba la preparatoria por la tarde y en las mañanas trabajaba.

 

El trabajo de limpiaparabrisas ha permitido a José ganar lo suficiente para sus necesidades; cuando trabaja durante las mañanas —algunas veces, en las tardes—, obtiene $300, mientras que todo el sábado y todo el domingo alcanza mínimo $600 por día. Con el tiempo, ha terminado de construir su casa y ha ido mejorándola; cuenta con servicios que él llama “un lujo”: internet y sistema de cable, que tanto para él como sus hermanos, son esenciales para realizar sus tareas

 

Hoy, José estudia la licenciatura en Derecho, en la Universidad Azteca, una escuela privada ubicada en el Estado de México. Continúa trabajando como limpiaparabrisas, sus hermanos aún siguen estudiando y forman una familia que se lleva muy bien. Cuando ocurrió la tragedia que cambió su vida, José se prometió sacar adelante a su familia y no casarse hasta que sus hermanos terminaran una carrera. Durante los últimos años, juntos han forjado su camino, apoyándose para enfrentar los problemas del mundo actual.

 

Es invierno; la tarde comienza enfriar y el cielo avisa la proximidad de una fuerte lluvia. En una esquina, José espera que la luz verde cambie a roja; es su única oportunidad y tendrá muy pocos segundos. Cuando trabaja, se topa con personas a quienes no agrada y lo insultan. Él trata de no escuchar, ignora el rechazo. Depende de que le den un peso —o con suerte más—, lo cual será de gran ayuda y al final de su jornada le permitirá cubrir sus necesidades y las de su familia. Tras algunas groserías, camina rápidamente, le quedan pocos segundos; siempre hay alguien a quien no le molesta el trabajo que realiza. “Es el pan de cada día” y él ya está acostumbrado a eso.