Por Gabriela Rodríguez Ríos |

A pocos días de que se realice el campeonato del mundo Brasil 2014, como cada cuatro años surge la pregunta: ¿qué posibilidades tiene la selección nacional mexicana de hacer un buen papel en este torneo? Un buen papel sería, por ejemplo, llegar a cuartos de final, lo cual ubicaría a México entre los ocho primeros lugares del mundo, considerando que en un campeonato del mundo participan 32 países.

 

Para muchos lo ideal sería preguntar: ¿qué posibilidades tiene México de disputar la final de ese torneo? Sobre todo, después de los resultados que desde hace algunos años las selecciones menores han tenido: dos campeonatos del mundo en la categoría Sub 17, uno en Perú (2005) y otro en México (2011); un subcampeonato en Emiratos Árabes (2013); un tercer lugar Sub 20 en Colombia (2011); un campeonato en Juegos Panamericanos en México (2011); y la medalla olímpica ganada en Londres (2012), al derrotar en la final a Brasil, en el mítico estadio de Wembley.

 

El mundo futbolístico ahora ve a México como una potencia en menores, gracias a estos resultados y a que, en las últimas eliminatorias mundialistas de Concacaf, ha sido campeón, sin mencionar los múltiples torneos internacionales en los que participa a lo largo del año, ocupando los primeros lugares de unos años a la fecha, como es el caso de la Copa Milk, el Torneo Gradisca, Esperanzas de Toulon, por mencionar algunos.

 

Sin embargo, cada cuatro años se escucha en los medios de comunicación y en las pláticas entre amigos, aficionados o no aficionados al futbol, la misma interrogante: ¿México conseguirá llegar al quinto partido?

 

Ésa es la realidad. En consecuencia, surge otro cuestionamiento: ¿por qué en menores sí ganamos y en selección mayor no? ¿Qué diferencia hay entre un torneo y otro, entre un equipo y otro, entre una edad y otra?

Si la selección menor juega con el mismo tamaño de balón, con las mismas reglas, en los mismos escenarios, aunque en ocasiones con menos gente que en un campeonato del mundo jugado por la selección mayor (es una excepción la asistencia de 98.493 espectadores en la final Sub 17 en el Estadio Azteca, y otra es que, salvo el partido contra Holanda realizado en Monterrey, en todos los juegos de la selección nacional se llenaron los estadios), ¿cuál es la diferencia entonces?

 

La respuesta, simple en apariencia, en realidad es muy compleja: la diferencia está en la preparación.

 

En teoría, los jugadores de selección mayor están mejor preparados para el alto rendimiento, pues llevan muchos años entrenando; algunos juegan en Europa, han participado en muchos partidos internacionales, etcétera. Pero la realidad es otra.

 

El futbol, como cualquier otra disciplina deportiva, está integrada por cuatro aspectos fundamentales que se entrelazan unos con otros, siendo todos de igual importancia: el físico, el técnico, el táctico y el psicológico. Uno existe gracias al otro. Hay que atender y cuidar a cada uno de la misma manera, con la misma frecuencia, con la misma intensidad. Coexisten en un mismo espacio, juntos forman un todo y deben estar integrados para que se logre un equilibrio.

 

Gracias a la integración de estos cuatro aspectos, el deportista está más cerca de obtener el mejor resultado. Nada garantiza el éxito, la medalla o el trofeo.

 

Desde 2009, en selecciones menores, se creó un proyecto multidisciplinario para trabajar con los jóvenes; se trata de un trabajo de preparación que dura, de inicio, dos años.

 

El primer paso consiste en  representar a México en el Mundial Sub 17 y así llevar la progresión natural de acuerdo con las competencias de FIFA: sub 20, sub 23 (olímpica), pasando por Centroamericanos y Panamericanos —los cuales, aunque no son torneos organizados por FIFA, sí son los mismos jugadores que integran el representativo nacional— y así hasta llegar a la máxima competencia de futbol que se realiza cada cuatro años.

 

En menores ha dado resultado pues ahí se trabajan los cuatro pilares del entrenamiento deportivo de manera integral. Es un proceso formativo en toda la extensión de la palabra. Además existe la Coordinación de Visorias, un área de video y la parte de nutrición, además de la Coordinación Médica y la de crecimiento personal. Todas estas áreas dan un seguimiento pormenorizado de los jugadores en sus diferentes aspectos, tanto en el estadístico (número de concentraciones, minutos jugados en selecciones y en su club, etcétera), como en cuestiones de peso, talla, masa muscular, lesiones, asuntos académicos, psicología del deporte, etcétera. Cada entrenador responsable de selección, preparador físico, entrenador de porteros, médico, conoce a cada jugador que llega a selección nacional.

 

Además existe un perfil de jugador que va más allá de requisitos meramente deportivos, de capacidades y habilidades físico-atléticas, en el cual la disciplina resulta de suma y tanto los valores como el comportamiento dentro y fuera de la cancha tienen un sentido primordial.

 

En la misma medida, el perfil del entrenador está definido y se le da una importancia particular a la parte humana, a la forma de relacionarse con el jugador, pues hay que recordar que se trata de niños. Algo que de manera natural debería prevalecer en cualquier ámbito de la vida es esa parte humana, a cualquier edad y en cualquier profesión.

 

La exigencia es alta: giras, concentraciones, entrenamientos por la mañana y por la tarde, sesiones de crecimiento personal, pláticas de nutrición, de dopaje, partidos de preparación etcétera.

 

De ahí los resultados obtenidos hasta ahora. Pero en una parte del camino el proceso se rompe y en otra no llega hasta los mayores. El ser humano está en constante cambio, en constante crecimiento y pareciera que al llegar a primera división la tarea ya está hecha. Sin embargo, no es así y sucede en todas las áreas de la vida; por ejemplo, cuando el estudiante universitario terminó la carrera, en ocasiones se piensa que ya cumplió y que todo se va a dar por añadidura. Nada más lejos de la realidad: en ese momento es cuando más hay que prepararse, porque  en muchas ocasiones resulta que lo visto y lo aprendido en la escuela no fue suficiente y hay que seguir adquiriendo herramientas para los retos constantes de la vida.

 

Con los futbolistas ocurre algo similar, pues cuando pasan a la Sub 20, muchos de ellos ya debutaron en primera división, por lo tanto se cree que ya crecieron. Entonces, todo ese seguimiento, todo ese aprendizaje, toda esa preparación, toda esa dedicación y todas esas herramientas que tuvieron de los 15 a los 18 años disminuyen. Disminuyen justo cuando más se necesitan, principalmente en la parte emocional; lo mismo pasa con cualquier ser humano el aspecto emocional es donde menos atención ponemos.

 

Al debutar en primera división, o al emigrar al futbol europeo, el jugador pasa por situaciones de mayor estrés, de mayor presión, de mayor responsabilidad. Además están más expuestos a los medios de comunicación, a los contratos millonarios, a los promotores, a los patrocinadores y a un sinfín de situaciones a las que muy pocos prestan atención. A nadie, o casi a nadie, se le enseña cómo manejar dichas situaciones, pues se cree que ya son jugadores “hechos”. Lo cierto es que la preparación en lo personal y sus diferentes vertientes y profesional debe ser constante y permanente, pues va de la mano.

 

Como todo ser humano, también se enfrentan a situaciones de mayor responsabilidad en la parte personal, son padres, esposos y además futbolistas; es decir, figuras públicas llenas de fama tras una gran actuación en un partido de futbol, o villanos tras un autogol o un error en un partido. Lidiar con todos los matices emocionales que se viven tanto en la vida como en un partido de futbol no es cosa fácil. Se requiere de una preparación a tope en todos los ámbitos del deporte y del ser humano.

 

Ese descuido en la preparación integral del futbolista genera situaciones que van desde las que surgen dentro del terreno de juego, como errar un penal en un momento decisivo, hasta hacer señas obscenas luego de sentir el reclamo de la afición en un estadio a tope después de un desempeño pobre en un partido trascendente.

 

Ese proceso, que a México le ha funcionado en selecciones menores, no toca a las mayores; se rompe, pues existe la falsa creencia de que porque un jugador ya “llegó” a primera división o cumplió la mayoría de edad, es un jugador “hecho”. Lo mismo pasa a cualquier ciudadano que no juega futbol, en cualquier otro ámbito laboral y personal; al cumplir 18 ya sabe lo que hace, ya es mayor de edad. Nos olvidamos que el proceso de aprendizaje de los seres humanos es de todos los días y para que un jugador se consolide han de pasar muchos años. Estos cuatro pilares del entrenamiento deportivo deben trabajarse todo el tiempo. De ahí que existan, de manera abrupta, bajas en el rendimiento de algunos futbolistas o jugadores que, de manera recurrente, cuando en un partido experimentan un momento con una carga emocional más alta, se hacen expulsar; un caso concreto es el de José de Jesús Corona, quien quedó fuera de la Selección Nacional previo a la Copa de Oro, en 2011, por darle un cabezazo al preparador físico del Morelia durante un partido de semifinal.

 

O el más reciente caso de Rafael Márquez, quien en varios mundiales ha salido expulsado justo en el partido en que la selección nacional está a punto de ser eliminada. Situación que se repitió, semanas atrás, cuando lo expulsaron en el último partido de su actual equipo, el León, justo en la eliminatoria de la Copa Libertadores. Ese día, a través de su cuenta de Twitter, dijo: “una vez más me equivoqué y he perdido una batalla en contra de mi desesperación, asumo las consecuencias y sobre todo las críticas”.

 

Lo anterior son algunos ejemplos que además, en ocasiones, son “avalados” en televisión por algunos comentaristas que en algún momento justificaron la acción argumentando que con seguridad  “Cobi Jones algo le dijo a Márquez y por eso él le respondió con un cabezazo”; como en sucedió en el Mundial Corea-Japón 2002, cuando fue expulsado justo cuando su equipo más lo necesitaba.

 

Esto subraya la importancia de trabajar todos los días en los aspectos que intervienen como futbolista y como ser humano. No es fácil estar en un estadio a tope, jugándote en 90 minutos años de trabajo, esfuerzo, preparación, sueños y demás situaciones; se vale equivocarse, pero cometer el mismo error muchas veces habla de que algo debe hacerse, algo debe cambiarse tanto de manera individual como colectiva. Es necesario trabajar los aspectos mencionados desde fuerzas básicas hasta los primeros equipos en todos los niveles: primera división, liga de ascenso, filiales, etcétera, y seguir con el proceso en selecciones nacionales desde las categorías sub hasta selección mayor. Será entonces cuando hablaremos de llegar a la final y ganarla; no simplemente de si llegaremos al quinto partido.

 

Acercarnos a jugar una final en una Copa del Mundo a nivel mayor es difícil de imaginar en este momento, porque los procesos de crecimiento no existen y, por lo tanto, no se producen los resultados que se esperan. Aunque los clubes que cuidan y atienden todos estos aspectos cada vez son más, faltan muchos por sumarse;  y en los pocos que tienen áreas de apoyo en cuestiones de índole emocional, en ocasiones dejan al jugador la decisión de acudir a buscar las herramientas que necesitan, pues se carece de un programa grupal e individual que los apoye. Ayuda que también requieren los integrantes del cuerpo técnico, directivos, dueños, socios etcétera.

 

Esto es sólo una pequeña parte del inmenso número de situaciones que deben cuidarse si se quiere ser protagonistas también en selección mayor. Para ello debe propiciarse una sana, real y profesional complicidad entre clubes, directivos, medios de comunicación, federativos, entrenadores, formadores, especialistas y demás gente que participa en el futbol; por supuesto, debe extenderse al futbol femenino para darle un sentido más allá de lo comercial y para utilizar el deporte con el objetivo de formar seres humanos más comprometidos tanto con ellos mismos como con su entorno.

 

Lo anterior, por supuesto, se aplica a todas las áreas de la vida. Y entonces no sólo nos preguntaremos qué posibilidades tenemos de ganar una final de la Copa del Mundo en futbol, sino también en otro deporte,   y además podremos ser vistos exitosos en ciencia, cultura, tecnología, arte o en cualquier pasión que nos mueva.

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