Por Cristopher Pardo  |

 

El abuso en los precios de medicamentos esenciales y la conveniencia que para las farmacéuticas representa un mundo lleno de enfermos quedó al descubierto en el libro Big Pharma. Cómo las grandes farmacéuticas del mundo controlan la enfermedad, de Jacky Law. Llevada luego a documental, esta investigación revela que el negocio de estas compañías es el más seguro y redituable del mundo: después de todo, siempre hay enfermos. En algunos casos —y por suerte—, la enfermedad puede ser leve e incluso curarse sola, pero en otros, parece no haber alternativa: o tomas la medicina o mueres, como ocurre con el cáncer. Y, entonces, surge otro problema, pues los medicamentos son, sencillamente, incosteables.

 

La salud comercializada como mercancía

 

La mayoría de los medicamentos que consumimos cuesta menos de lo que pagamos por ellos —e incluso algunos dañan más que la presunta enfermedad que combaten—, lo cual resulta indignante. El argumento más usado por las farmacéuticas respecto de tales costos —para tratar el cáncer, por ejemplo— son las supuestas investigaciones sobre la enfermedad, pero se sabe que por cada dólar americano asignado a ellas, otros 19 se destinan a la publicidad. En el fondo, tal vez la razón real sea que invertir en investigar la cura las colocaría en el riesgo de hallarla, lo que en consecuencia les implicaría la pérdida de un importante mercado. Es evidente que para ellas el dinero es más importante que la salud.

 

Cualquier tarde de televisión pueden comprobar lo anterior; los invito a que, durante la pausa comercial de su programa favorito —nacional, no de paga—, vean cuántos anuncios de medicamentos aparecen en comparación de otros productos. Es seguro que ni coca cola tiene tanta publicidad.

 

Buscando la insalubridad

 

Aun sin estar enfermas, muchas personas que hayan visto esos comerciales pedirán en su consulta médica que sus doctores les receten algún medicamento sólo porque apareció en televisión, sin importar que no lo necesiten o aunque traiga repercusiones a su salud. Esto se debe a que la publicidad de tales medicamentos suele agrandar síntomas comunes, como dolores de cabeza o del estómago y los llevan al extremo de etiquetarlos como migraña o parasitosis. Sólo falta que los anuncios digan que no tolerar los gritos de los niños chillones es un síntoma de migraña. Aunque creo que ya lo hicieron.

 

A esto se agrega que algo tan esencial como dormir es alterado por las farmacéuticas, que ofrecen medicamentos para anular el sueño o eliminar los síntomas de dormir poco, lo cual, a la larga, provocará que el cuerpo mismo reclame de más graves formas la falta de sueño.

 

La hiperactividad fue también una oportunidad para las farmacéuticas. Este “mal” que aqueja a los niños, impidiéndoles concentrarse en el salón y se acompaña de un exceso de energía, tuvo mucho éxito en el mercado porque los padres irresponsables se rehusaban a aceptar que habían malcriado a sus hijos. Les resultó más fácil atribuir el comportamiento de sus retoños a un trastorno que —oh sorpresa—, al parecer, no existe y para el que, sin embargo, surgieron más fármacos. Yo recuerdo que, en mis tiempos, la hiperactividad tenía otro nombre y el medicamento que no fallaba se llamaba “tres nalgadas bien dadas y al rincón”.

 

Otro ejemplo de los “efectos secundarios” que un medicamento puede traer es el Viagra, la famosa pastilla azul. Aunque sea grato e incluso alentador saber que la vida sexual puede recuperarse después de un tiempo, nos quedamos sin aliento cuando descubrimos cuántas personas han muerto por paro cardiaco, efecto del mismo Viagra —más de mil desde su invención—. Lo mismo ocurre con los medicamentos que controlan el colesterol, pues muchos mandan al paciente al hospital por efectos secundarios más significativos que los problemas de la propia enfermedad.

 

En Estados Unidos, los medicamentos de alto riesgo están obligados a mencionar en sus comerciales los probables efectos secundarios. En México, en cambio, el asunto no parece tan importante, pues esa información viene escrita en una letra tan pequeña que hace falta un microscopio para leerla. Está bien, exageramos, pero lo hacemos con la intención de advertir sobre el punto.

 

Buscando la salud del bolsillo

 

Lo más preocupante es que médicos de poca ética son quienes recetan estos medicamentos, lo cual resulta indignante, más aún cuando se trata de grandes generadores de opinión los cuales actúan como médicos para promover productos innecesarios. Al final, las grandes farmacéuticas —big pharma— sólo buscan el lucro: ofrecen un producto o servicio a cambio de un ingreso económico. El problema aquí es que ofrecen productos que no hacen falta y cuyo consumo descontrolado es letal.

 

La mejor forma que hay para combatir a estos monstruos del medicamento es no autodiagnosticarse, y consultar al médico sólo cuando sea necesario. Si les parece que su médico no los trata bien o, a pesar de sus cuidados, se enferman constantemente, cámbienlo sin pena alguna. Porque un médico que no mejora la salud no merece llamarse así.

 

Para más, referencias consulten:

– Jacky Law, Big Pharma, Reino Unido, Constable, 2006, 256 pp.

Big Bucks Big Pharma Marketing Disease and Pushing Drugs (documental en inglés) http://www.youtube.com/watch?v=hIcM7YuEDWs

How Big Pharma is Killing Americanshttp://www.youtube.com/watch?v=ZtcptQruWDg

Muertos por el Viagra http://www.cambio21.cl/cambio21/site/artic/20100808/pags/20100808000019.html

Hiperactividad falsa http://www.telesurtv.net/articulos/2013/05/25/medico-que-patento-deficit-de-atencion-confeso-que-es-un-trastorno-ficticio-6149.html