Por Sikaan Orozco Ayala

 

Navidad llegó desde noviembre: el ambiente ya comenzaba a sentirse distinto, en las calles, brillaban algunas luces y se vendían árboles de navidad; las tiendas ya exhibían artículos navideños para llenar todos, todos los espacios de casa con adornos alusivos a la época. La tradicional corona navideña aparecía en todos lados.

 

Al llegar diciembre, el espíritu de la época ya domina todo: fuera de las casas, el tapete da la bienvenida a la Navidad, la canción de  Rodolfo el reno —sí, el de la nariz roja— suena constante como música de fondo. La gruesa imagen de Santa bailando llama la atención de los pequeños, los bebés, quienes sorprendidos escuchan la melodía y siguen el movimiento de las rojas caderas. El frío navideño está por todas partes, las casas parecen entablar una muda competencia  para ver cuál brilla más. En los centros comerciales, aparecen las tan esperadas ofertas navideñas: es época de dar y de recibir, así que es momento de aprovechar el aguinaldo del trabajo para gastarlo en descuentos para quedar bien con el jefe, la suegra y convertirse en el tío o la tía preferida por dar siempre los regalos más caros. Ah, y no olvidemos el regalo del intercambio, el más esperado de todas las reuniones. Todo huele a Navidad.

 

¿Todo?, ¿no estamos olvidando algo? ¿La Navidad no se trataba de amor, gratitud, paz y esperanza? ¿Dónde, en qué momento se perdieron todos los valores que constituyen el verdadero significado de la Navidad? ¿Cuándo empezamos a demostrar el amor con el precio de los regalos?

 

En la actualidad, la Navidad no es más un beneficio humanitario, ha cambiado de rumbo; hoy corremos de manera desenfrenada a las grandes tiendas para obtener alguna posesión que tal vez no compraríamos en otro momento, pero hoy es Navidad, qué importa, es tiempo de comprar. La publicidad acude a una impresionante manipulación banal y velada: sus mensajes parecen decir “a mayor consumo, mayor felicidad”, “Navidad: sinónimo de compras”, “a mayor gasto, más regalos; a más regalos, más cercanía al reino de los cielos”.

 

La industria capitalista, apoyada por los medios de comunicación, ha creado pueblos ignorantes, que acuden como manadas a los centros comerciales. No existe control de gastos, la mercadotecnia hace de las suyas y manipula guiándonos al consumismo masivo, haciéndonos creer que Navidad es comprar sin medida para mostrar el cariño con regalos materiales, para comprar el amor y la comprensión; hemos dejado a un lado el significado de la época, la esencia espiritual, los valores, la humildad.

 

Derrochamos dinero, cuando deberíamos derrochar los buenos sentimientos; valoramos el regalo y no a las personas que nos rodean. Buscamos la abundancia de comida, pero olvidamos agradecer que no falta el alimento. Enseñamos a los niños a esperar el juguete, pero no a valorar el juego ni el amor de quien lo ofrece.

 

La navidad —en minúscula— son cosas materiales y derroche. La Navidad, en cambio, no puede tocarse ni verse, es algo más abstracto. Es la oportunidad de reflexionar, de agradecer; es la ocasión de ayudar y hacer sentir al otro lo que significa en nuestras vidas. En pocas palabras, la Navidad no se compra ni se ve: simplemente se siente.