Por David Patlán ǀ

 

No recuerdo con exactitud la primera vez que subí al metro. En mi memoria, pasa como “vagonero” una pléyade de imágenes, que van desde trepar una escalera roja que se localizaba en el extremo del vagón y deslizarme cual bombero infantil por un tubo, hasta mortuorias esperas, porque la lluvia retrasaba el andar de los trenes.

 

Pero sin duda, como cualquier habitante de esta Ciudad de México, he pasado muchos viajes en el Metro (forma “cariñosa” de metropolitano), muchos minutos, muchas horas, muchas vidas. Una herencia cultural que casi todos guardamos: su olor a tamal frito matutino, su humedad vespertina, apretones y empujones en horas pico, siestas, lecturas, abonos de transporte, carteristas, parejas que se aman y se odian, vírgenes que aparecen en las estaciones, pirámides, madres que paren bebés, ciegos predicadores, bocineros: un bestiario citadino.

 

El Sistema de Transporte Colectivo Metro (STC), con sus 12 líneas, conformadas por 390 trenes, recorre 226 mil 488 kilómetros, para cuyo funcionamiento requiere 823 millones 442 mil 595 kilowatts. Tan sólo la estación Cuatro Caminos (donde se hallaba el extinto Toreo), en el año 2012, dio paso a 42 millones 933 mil 161 usuarios.

 

¿Por qué los ciudadanos nos conformamos con este medio de transporte tan saturado y cuestionado hoy en día? Veamos algunas de sus ventajas:

 

Un beneficio social. Porque transita, desde las madrugadas hasta las noches, por los cuatro puntos cardinales de la ciudad y ofrece una relativa seguridad, en comparación con algunos otros transportes colectivos.

 

La lejanía entre las viviendas y los centros de trabajo, estudio o entretenimiento (viajes de estación Pantitlán a Universidad, de Martín Carrera a Taxqueña, de Cerro de la Estrella a Polanco). Hay un ahorro de tiempo que permite traslados de 20 a 40 minutos si los trenes no están a tope y en un amplio horario de servicio.

 

La sobrepoblación existente. Pues moviliza  a una gran cantidad de gente  que cohabita y transita las 195 estaciones, (recordemos que  esta urbe tiene 20.4 millones de habitantes), incluidos sus visitantes desde puntos geográficos cercanos que llegan en búsqueda de trabajo o compras.

 

La economía. Aunque un trabajador que percibe un salario mínimo tiene que invertir 1 hora 22 minutos de su tiempo de trabajo para costear un viaje de ida y vuelta en el metro. Según el INEGI, 13% de la población ocupada gana menos de un salario mínimo, 24% recibe entre 1 y 2 salarios mínimos y 21% entre 2 y 3 salarios mínimos. Sin embargo, no es el único medio de transporte que se utiliza para llegar a realizar las labores cotidianas.

 

¿Y lo anterior es suficiente para tolerar el rostro oscuro de este sistema de transporte? Veamos también algunos de sus contras:

 

Su sindicalismo. El líder, Fernando Espino Arévalo, ha estado 30 años al frente del Sindicato Nacional de Trabajadores del STC; se sabe que mantiene en la nómina a 22 parientes con sueldos de hasta 21 mil pesos, una oferta laboral subsidiada por los usuarios que cuesta casi medio millón de pesos mensuales.

 

La corrupción. El líder sindical adjudicó a su hijo, Fernando Espino González, el negocio de la comida para los empleados del STC. A través de Gurtmex, empresa de la cual es dueño y que se benefició con contratos por más de 35 millones de pesos en 2011 y 43 millones durante 2012. Otro ejemplo es la compra de desarmadores, cuyo precio comercial al menudeo en tiendas es de 135.72 y el Metro pago por estas herramientas 442.31 pesos por cada uno.

 

Nuestras paupérrimas políticas públicas. A pesar de que sólo 30% de los viajes en México se realiza en automóvil, del monto aprobado para transporte urbano en el Presupuesto de Egresos de la Federación 2014 —22 mil 961 millones de pesos— 86% se destinará a proyectos que favorecen el uso de autos particulares. En contraste, sólo 10% irá al transporte público, 3% al peatón y 1% a movilidad en bicicleta, informó el Instituto de Políticas para el Transporte y el Desarrollo (ITDP por sus siglas en inglés).

 

Éstas son, en fin, las dos caras del metro. Sin embargo, no podemos dejar de mencionar que en el subterráneo también existen otras manifestaciones que intentan preservar al anaranjado monstruo como un espacio de convivencia social, donde pululan músicos, malabaristas, faquires, aprendices de poledance, flashmob, #posmesalto, túnel de la ciencia, espacios de exhibición, muralistas y grafiteros, arte y galerías. ¿Orgullo citadino o frustración?

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