Por Adriana Domínguez |

Malinalli nació en una familia de casta noble y rica en un lugar llamado Painala, cerca de lo que hoy es Coatzacoalcos. En su casa se hablaba popoluca, pero en su comunidad usaban el náhuatl.

Su padre murió cuando ella tenía trece años. Al poco tiempo, su madre contrajo nuevas nupcias, porque de no hacerlo corría el riesgo de perder las tierras y el poder que poseía. De esta nueva unión nació un hermano, por lo que la presencia de Malinalli incomodaba a la recién constituida familia. Por esta razón, su madre decidió venderla a unos mercaderes mayas que pasaban cerca de Coatzacoalcos, lugar en el que vivían.

Malinalli se fue al extranjero, tan era el extranjero que se trataba de otra raza, de otra lengua, de otra forma de ver el mundo. Xicalango se ubicaba cerca de la laguna Pom en Tabasco y muy cerca se encontraba Potonchán (hoy Champotón, Campeche). Malinalli vivió en Potonchán. Ahí la conoció Cortés.

Cuando llegaron los conquistadores a tierras mexicanas, los lugareños al no querer saber más de extranjeros, los atacaron; sin embargo, por tener caballos y armas de fuego, a los españoles les resultó fácil ganar la batalla. En señal de rendición, los nativos entregaron algunos obsequios, entre ellos a veinte esclavas, una de ellas era Malinalli. Al día siguiente fueron bautizadas. A Malinalli la llamaron Marina. Fueron las primeras cristianas que hubo en la Nueva España.

Era muy común entre los señores indígenas de esa época entregar a los españoles sirvientas, concubinas, hijas y sobrinas. Podría parecer que las mujeres fueran consideradas objetos, además, objetos de trueque sin ningún valor humano; sin embargo, la idea de los nativos era distinta, la intención primordial era entablar vínculos de sangre con los visitantes. Así que más que un acto condenable, significaba para ellos parte del trato que debían ofrecer como buenos anfitriones.

Cortés, luego de recibir a las veinte esclavas, las repartió entre sus hombres; algunas serían compartidas, otras serían para un solo hombre. Marina fue entregada a su gran amigo Hernando Alonso de Puertocarrero. Sin duda, los españoles dieron un significado distinto a la entrega de mujeres que no coincide con la intención original. Cuatro meses después, Cortés designó a Puertocarrero para ser portador de gran parte de sus primeros rescates en las nuevas tierras, debía entregar también a Carlos v las Cartas de relación y cuatro indios que Cortés enviaba como símbolo de pleitesía y obediencia. Entonces, el mensajero de Cortés se hizo a la mar. De ese modo Marina quedó libre nuevamente; sin embargo, siguió con los españoles. Aún no se unía a Cortés; antes de eso, el extremeño encontró a Jerónimo de Aguilar, un fraile español, cuyo barco había encallado en Jamaica. Éste llegó a México y se quedó ocho años entre los mayas, con quienes aprendió a hablar esa lengua. Al conocer a Cortés, de Aguilar se le unió y se ofreció como intérprete.

Los españoles llegaron a tierras veracruzanas y no lograron entablar comunicación con los lugareños. Cortés se dio cuenta de que De Aguilar no le servía. Entonces, escucharon que Marina platicaba con las nativas; así descubrieron que ella hablaba náhuatl. Desde ese momento, la incorporaron como intérprete: De Aguilar interpretaba del español al maya y Marina del maya al náhuatl, de ese modo se comunicaban los hombres de Moctezuma con los españoles.

Las mujeres no tenían derecho a hablar en sucesos públicos importantes y sus voces estaban estrictamente eliminadas del ámbito de la vida pública y de los asuntos de Estado en la sociedad azteca, y Marina lo sabía, no tenía más opción que obedecer a su nuevo dueño: Cortés; ella era sólo una esclava.

Poco a poco las funciones de Marina fueron cobrando mayor importancia a nivel político y Cortés se daba cuenta de eso. No en balde se fijó en ella. Tenía muchos atributos, pero los más destacables eran sin duda su belleza, inteligencia y obediencia. Cortés la tomó como acompañante, consejera y amante. De esa unión nació Martín Cortés. Aunque vivieron juntos algunos años, Cortés tenía una esposa, muchas amantes y no lo ocultaba precisamente.

 

Cortes-y-La-Malinche

 

Entre las funciones de Marina se encontraba también la labor de evangelizar a otros nativos. Con su carisma se volvió una persona muy entrañable para la gente; Marina tenía muchos seguidores. Cabe señalar que los nativos son quienes llamaban a Cortés señor Malinche; es una mala interpretación de la historia suponer que la Malinche era Marina, lo cierto es que lo llamaban así por su referencia a ella, puesto que era la importante a los ojos de los nativos.

Una vez consumada la conquista, Marina ya no resultó útil a Cortés y la obsequió a Juan de Jaramillo. Éste la desposó por la iglesia y tuvieron una hija: María Jaramillo. Al poco tiempo, Marina murió.

Se dice que fueron los independentistas del siglo xix quienes difamaron la memoria de Marina y que la llamaron traidora en un afán de quitarle fuerza a su recuerdo.