Javier Curiel  |

 

Detrás de las grandes marcas hay un absurdo; el mundo se dejó deslumbrar por su poder, su fuerte influencia en la economía mundial y su gran capacidad para seducir. Las marcas se volvieron cada vez más intangibles, hasta llegar a ser el mayor disparate de nuestros días; por ejemplo, un dispositivo electrónico de 100 dólares se paga en 900, porque representa un estatus social al que aspiramos pertenecer.

 

Hasta los sesenta del siglo pasado, una empresa era considerada importante por sus activos, capacidad de fabricación, buena reputación y, por supuesto, sus ventas. Después de los ochenta, una empresa vale según las marcas que posee y su fuerza en el mercado.

 

Apple, la marca más valiosa de la última década, ejemplifica este sinsentido en el que la sociedad ha caído. La idolatría hacia este tipo de íconos, su fundador y el estilo de vida que trata de representar, ponen de manifiesto que no somos capaces de diferenciar entre la grandeza y lo grandote. Somos esos nativos indígenas que conocimos en la clase de historia que cambian oro por espejitos, sólo que hoy el espejo lleva la etiqueta con el logo de una manzana o el ala de la diosa Niké.

 

Hoy una gran marca no tiene una fuerza laboral propia capaz de producir esos objetos. Las compañías que poseen estas marcas han optado por no lidiar con el problema humano y financiero que representa tener una fábrica y prefieren contratar empresas manufactureras para que éstas asuman dicha responsabilidad. Fábricas que por lo general se encuentran en países subdesarrollados y pagan sueldos miserables a sus empleados, al grado de convertirlos en esclavos modernos. En algunos casos, son compañías que subcontratan a otras empresas para obtener un beneficio por la intermediación. El resultado: la factoría termina por malbaratar la producción a costa de lo único que es sacrificable: el ser humano, porque nadie tocará con el pétalo de una rosa la calidad, ni las utilidades.

 

Las empresas propietarias de estas “grandes” marcas no asumen la responsabilidad por la falta de ética en la forma en que se producen sus preciados objetos de consumo. Hemos visto las consecuencias a lo largo de este año: obreros que mueren o quedan mutilados por accidentes que en el primer mundo nunca sucederían, lugares insalubres que matan de a poco a sus empleados, contratación de niños —en algunos casos, para actividades peligrosas—, larguísimas jornadas laborales, etcétera. Y cuando las empresas son increpadas por tales situaciones, se limitan a decir que no son responsables por lo que hagan sus proveedores. Entonces, ¿de quién es la culpa?

 

Debemos sensibilizarnos de que cada vez que compramos un producto de estas marcas estamos alentando la semi esclavitud, el trabajo infantil, la cancelación de los derechos laborales, etcétera. El argumento fácil para esgrimirse es el de la gran calidad de estos objetos, pero es un argumento engañoso y fácil de rebatir. Es por todos conocido los desastrosos y embarazosos episodios por problemas en la manufactura que ha sufrido Apple con algunos de sus productos; y no son las únicas marcas de prestigio que han padecido dichas fallas de calidad. Pero no debe ser éste el punto de discusión, sino el de los seres humanos que son tratados como animales, que llegan a suicidarse porque lo que ganan no es suficiente para mantener a su familia; hablamos de hombres y mujeres que no pueden soñar en adquirir el producto que están fabricando, y cuyas vidas transcurren en lugares hacinados y con horarios de trabajo de 12 a 18 horas.

 

La marca es codicia

 

¿A dónde van las grandes ganancias que se obtienen de la venta de estos productos? Publicidad, publicidad y más publicidad. Apple, Nike, Mango, entre muchas, dedican la mayor parte de sus ingresos a este rubro, a generar valor en objetos que no lo tienen o que realmente valen poco. El secreto está en hacernos creer que un par de pantalones de mezclilla pueden costar 10 o 20 veces más por el simple hecho de llevar un logotipo reconocido mundialmente; o en ofrecer productos tan baratos que sea imposible resistirse adquirirlos. Hagamos un ejercicio de sinceridad y busquemos en nuestro interior qué es lo que nos seduce de las marcas, ¿nos gusta asociarnos a cosas que representen poder o estatus? Una marca moderna no vende un objeto, trata de convencernos de que ella es una vía para nuestra realización, de que es una forma de felicidad.

 

Pensar que las empresas van a cambiar porque se han dado cuenta de lo terrible de su forma de mercar, es por decir poco, muy ingenuo. Los accionistas y dueños no tienen la menor intención de reducir sus utilidades, ni sus altos ejecutivos estarán dispuestos a ceder sus abultados salarios para pagar lo justo a los trabajadores del tercer mundo; incluso un gerente medio no querrá abandonar las filas de una “gran” empresa si ésta le asegura un buen ingreso y prestaciones que un trabajador en Bangladesh ni siquiera puede imaginar. Estamos ante el viejo y arraigado paradigma de la sociedad moderna: la codicia. Para que unos pocos ganen mucho, alguien tienen que perder —dinero, salud, dignidad o incluso la vida—. Está en el consumidor la opción de ejercer su poder, ese que puede acabar con una marca y así llevar el mensaje a las empresas de que no estamos de acuerdo con sus políticas de producción y que esperamos un mejor trato a sus empleados. Es momento de tomar una postura.

 

http://mexico.cnn.com/tecnologia/2012/02/07/todo-lo-que-necesitas-saber-del-escandalo-en-las-fabricas-de-apple

http://www.businessinsider.com/apple-child-labor-2012-1

http://tecnologia.elpais.com/tecnologia/2013/10/30/actualidad/1383125194_981732.html

http://www.industriall-union.org/es/continua-la-frustracion-en-las-conversaciones-sobre-indemnizaciones-del-rana-plaza

http://www.theguardian.com/technology/2013/sep/05/workers-rights-flouted-apple-iphone-plant

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  1. Jimena
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    Es necesario leer estas palabras para que de una vez por todas dejemos de preocuparnos porque ya está a la venta el esperadísimo nuevo iPhone 6x. ¡Excelente punto de vista!

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