Por Francisco Güemes |

 

La literatura y el futbol son, a simple vista, polos opuestos. Podría decirse que si nos consideramos personas del ambiente “intelectual” estamos obligados a detestar el deporte de las patadas, mientras que si somos futbolistas o aficionados a esta actividad, tenemos vedado el gusto por los libros y “La Cultura”.

 

Existe el caso paradigmático de uno de los más grandes escritores de todos los tiempos, Jorge Luis Borges, quien, pese a su origen argentino, profesaba un odio inconmensurable hacia todo lo que oliera a futbol. Entre sus frases más celebres, podemos encontrar algunas tan demoledoras como: “el futbol es popular porque la estupidez es popular”, “la idea de que haya uno que gane y que el otro pierda me parece esencialmente desagradable. Hay una idea de supremacía, de poder, que me parece horrible”, o la más severa de todas: “el futbol es uno de los mayores crímenes de Inglaterra”.

 

Igualmente, en este rubro podemos mencionar a uno de los escritores mexicanos más reconocidos, Carlos Monsiváis, quien siempre mostró su completa indiferencia al juego del futbol, aunque no al fenómeno social que lo acompaña, tanto así que equiparó a la selección nacional con la Virgen de Guadalupe, como símbolo de esperanza e identidad del pueblo mexicano.

 

Por su lado, Julio Cortázar, pese a ser un gran aficionado al boxeo, no sentía una particular atracción por el futbol, aunque se consideraba a sí mismo hincha del Banfield, el equipo de su barrio natal.

 

Ahora, pasemos al otro lado la cancha, al de los amantes de las letras que también lo son del futbol. Entre ellos destaca, sin duda, Albert Camus, quien alguna vez señaló que “lo que más se acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al futbol”. También, cuando le preguntaron que si obtener el premio Nobel era lo mejor que le había pasado en su vida, él respondió: “de ninguna manera; lo más grande que yo he hecho en mi vida fue un gol de tiro libre. Mi equipo perdía uno por cero. Faltaban cinco minutos para que se acabara el partido. Le pegué a la pelota con la cara interna del zapato, y…”

 

Asimismo, tenemos el caso del autor uruguayo Eduardo Galeano, severo crítico de la realidad social latinoamericana, quien dedicó uno de sus libros al deporte más popular del planeta: Futbol a sol y sombra.

 

Entre los mexicanos, hay varios casos de hombres de letras ligados al balompié. Tenemos a Francisco Peláez Vega, mejor conocido por su pseudónimo “Francisco Tario”, quien antes de escribir sus extravagantes y geniales relatos fue guardameta del Club Asturias, acérrimo rival del poderoso Real Club España.

 

Juan Villoro, necaxista confeso, es autor de dos libros de tema futbolero: Dios es redondo y Balón dividido. Según Villoro, un partido de futbol se parece a una novela, pues ambos comparten elementos como “el final sorpresa, la magia, el desencanto, la promesa”.

 

Y Guillermo Samperio, quien, en su cuento “Lenin en el futbol”, denunció la marginación sufrida por el grupo de futbolistas que pretendió formar un sindicato a principios de los setenta.

 

Así, el futbol y la literatura no se excluyen ni tienen por qué ser enemigos a muerte; simplemente, uno es aficionado al juego, a la escritura, a los dos o a ninguno.

 

Por ello, resulta interesante hallar personajes que han sabido combinar su pasión por escribir y su fervor por jugar al balompié.

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