Por Ricardo Arriaga Campos  |

[quote style=”boxed”]Hay gente de tan corta vista mental que piensa que todo el fruto se acaba en la cáscara. Martí [/quote]

 

Siglo XXI, México, la coyuntura

 

El número 29 de la revista UIC. Foro Multidisciplinario de la Universidad Intercontinental es un llamado al debate en torno del estado de la educación en nuestro país. No al debate panfletario para discursivamente regodearnos en nuestras heridas mientras se diluye mediáticamente la alarma. Esta colaboración le toma la palabra.

 

En dicha edición se evidencia a la realidad educativa nacional como un fracaso del Estado (no un fracaso que nos toma por sorpresa, sino largamente cocinado), como una maraña de políticas públicas y reformas inacabadas y ajenas al contexto, a los diversos contextos nacionales, como una pieza más del organigrama de la corrupción, como un tablero de legitimación del sistema económico-político, como un matraz de exclusión y desigualdades sociales. Dentro de ese fracaso multivectorial, predomina la función por antonomasia de la escuela básica: la inmersión del individuo en la cultura escrita. Estamos condenando al analfabetismo —pleno o funcional— a millones de niños y jóvenes mexicanos que están cursando hoy la malograda educación básica.

 

Siglo XIV, una elipsis

 

Narración medieval del siglo XIV literaturizada por Ildefonso Falcones en La catedral del mar:

–Via fora!

El grito turbó la tranquilidad de la plaza Nova. Un muchacho la cruzó corriendo y repitiendo la llamada a las armas. “Via fora, via fora!” Aledis y Mar se miraron y después miraron a Joan.

[…] el “Via fora” había recorrido la ciudad condal y la gente, extrañada, se reunía en la plaza del Blat esperando encontrar el pendón de Sant Jordi junto a la piedra que marcaba el centro de ésta. En vez de ello, dos bastaixos[1] armados con ballestas los dirigían hacia Santa María.

[…] —La Inquisición ha raptado a un ciudadano, al cónsul de la Mar de Barcelona –explicaban los prohombres de la cofradía.

–Pero la Inquisición… –dijo alguien.

–La Inquisición no depende de nuestra ciudad —contestó uno de los prohombres—, ni siquiera del rey. No obedece las órdenes del Consejo de Ciento, ni del veguer, ni del baile.[2] Ninguno de ellos nombra a sus miembros; lo hace el Papa, un papa extranjero que sólo quiere el dinero de nuestros ciudadanos. ¿Cómo pueden acusar de hereje a un hombre que se ha desvivido por la Virgen de la Mar?

–Sólo quieren el dinero de nuestro cónsul —gritó uno de los reunidos.

–¡Mienten para quedarse con nuestro dinero!

–Odian al pueblo catalán —alegó otro de los prohombres.

La gente iba transmitiéndose la conversación. Los gritos empezaban a resonar en la calle de la Mar.

[…] Tenemos que defender nuestros privilegios —se oyó que decía alguien que había estado hablando con los bastaixos.

El pueblo empezaba a enardecerse. Las espadas, los puñales y las ballestas sobresalían por encima de las cabezas de la gente, agitándose al son de la llamada al “Via fora”.

 

Volvamos al siglo XXI

 

Hace poco, los encabezados de algunos diarios y uno que otro noticiario que puede calificarse de tal (de programa en el que se ofrece una tomografía objetiva, suficiente, de elementos relevantes de la realidad), nos recordaron la demanda de independencia de Cataluña, demanda creciente conforme avanzan los “planes de austeridad” —acá las llaman con el amasijo terminológico “reformas estructurales”, por cierto misterioso para la mayoría de los presuntos beneficiarios—. Y aquí y allá aceitan lo mismo: desandar la búsqueda del Estado de bienestar social, socializar las pérdidas y los errores del modelo.

 

A propósito (porque éstas y otras muchas demandas de pueblos y comunidades del mundo, asechan los imperativos del decálogo globalizante), hace poco también se presentó el libro La revolución de los ricos,[3] que se pregunta cómo es que el armazón doctrinario del neoliberalismo logró plegar bajo sus argumentos a círculos políticos, empresariales, gobernantes, universitarios, cómo un “uno por ciento” logró doblegar a tanta gente, a pesar de las evidencias en el desmantelamiento de los poderes compensatorios del Estado como rector del crecimiento.

 

El libro llama la atención desde el epígrafe, que recoge una reciente declaración  del inversionista Warren Buffett, el cuarto hombre más rico del mundo: “Desde luego que hay una guerra de clases, pero es mi clase, la clase rica, la que la está haciendo y estamos ganando”.

 

En la búsqueda de la palabra que mejor sintetizara estas reflexiones, me encontré con ese afán no sólo de independencia económica, sino cultural, de “resignificación” de lo local y de lo regional, doblegado por el barullo de lo global, con esa pulsión por el derecho de réplica contra el modelo impuesto. Mi búsqueda coincidió con ese latido catalán, como eco del medieval Via fora, el llamado a los gremios para desplegar sus estrategias de autodefensa.

 

Así fue que este despliegue de rigores y atrevimientos me trajo a la memoria otra escena catalana, alrededor de la ecuación lengua-cultura-soberanía-patria: el escritor Jaume Cabré, en su discurso al recibir el Premi d’Honor de les Lletres Catalanes, declaró: “Una novela [y todo relato, toda prosa, agrego yo] son palabras y me reconozco en las palabras y la manera de ser dichas […] Para el escritor la lengua es su patria y no quiero que mi lengua, el catalán, tenga que pedir perdón para existir”.[4] Cabré —reproducían los noticiarios– reivindicó el derecho de Cataluña a su independencia y mostró su satisfacción por la iniciativa popular para convocar un referéndum de autodeterminación. Y recordó: “la literatura nos puede salvar porque la escriben personas libres”.

 

Me pregunté: hace cuánto que una palabra, una frase, una consigna no nos aglutina como comunidad, hace cuánto que para nosotros la lengua ha dejado de ser nuestra patria, cuál es nuestra patria entre tantas lenguas originarias, locales, replegadas; para cuántos, en una nación de un analfabetismo vergonzoso y un semianalfabetismo estadísticamente desconocido, la lengua es poco más que una quimera, unos cuantos y garrapateados vocablos, ajenos, inasequibles, ambiguos, y entonces en esa amalgama de patria y lengua, qué queda de una en otra, de una y otra. Y si el ejercicio consciente, diestro, de la lengua deviene libertad, cuántos libres quedan, que por medio de la soberanía de la palabra se hayan sacudido el determinismo del poder político-económico, capaces de elegir, a pesar del estrecho marco de elegibilidad que la circunstancia nos permite, de ejercer verbalmente el derecho de réplica contra ese poder del uno por ciento.

 

La pobreza e involución lingüística de nuestros estudiantes demuestran que asistimos a una coyuntura agorera que anticipa el fracaso cultural-social-institucional encarnado en niños y jóvenes excluidos de la herencia de la cultura y del letramiento.

 

Por ello, ensanchar los cauces de la cultura escrita significa darles a estas generaciones la posibilidad de renunciar al semianalfabetismo al que se les quiere condenar. Dominar los recursos de la lengua en la lectura y la escritura representa la posibilidad de concretar ideas, multiplicar sentidos, ensanchar la visión del mundo y el mundo mismo de sus usuarios, es ampliar la conciencia, el patrimonio cultural, la soberanía; no es casual que la crisis de la enseñanza está ligada a la crisis de la cultura: una dominante cultura iletrada, acaso televisiva, apenas capaz de visiones romas del mundo, de poblaciones dóciles, informativa e intelectualmente incautas, una cultura de verbalizaciones erráticas, burdas y elementales, que contrasta con los supuestos esfuerzos de letramiento en la escuela, que los contradice y los desacredita: ¿eso —se preguntan nuestros niños— para qué sirve? Saber operar un juego digital es más prestigioso que saber leer y escribir.

 

Palabras como pliegos

 

Rastreé en los orígenes más probables de plicare,[5] plegar y su contraparte desplegar: plegar: doblar una cosa sobre sí misma; darse por vencida una persona o actuar según la voluntad de otra sin oponer resistencia, ceder, someterse, doblarse, doblegarse, versus rebelarse, sublevarse. Desplegar: desdoblar, extender lo que está plegado, aclarar y hacer patente lo que estaba oscuro o poco inteligible, ejercitar, poner en práctica una actividad o manifestar una cualidad.

 

¿Que por qué debemos insistir en la importancia de enseñar efectivamente a leer y a escribir —con destreza—, como un asunto de emergencia nacional?, porque no hacerlo es replegarnos, doblegarnos intelectual, cultural, política, económicamente. Comunicarse oral o textualmente para intercambiar información cotidiana, efectivamente es algo que se aprende en el actuar comunicativo social, pero hacerlo para representar el pensamiento complejo implica igualmente conocimiento, aprendizaje, aprovechamiento de la riqueza de los recursos idiomáticos. Para usar el código coloquial de la lengua no se necesita instrucción; el código culto requiere aprendizaje para, por ejemplo, saber cómo y cuándo recurrir a la construcción paralela, al símil, para desplegar estratégicamente expresiones metafóricas, para jerarquizar las estructuras oracionales y sus correspondientes contenidos, para saber cuándo coordinarlas o yuxtaponerlas, para diferenciar las proposiciones generales y abstractas de las específicas y concluyentes, para urdir la riquísima gama de adjetivación del español, para crear con el oxímoron una combinación paradójica de otro modo imposible, para esgrimir la potencia del adverbio, para saber cuándo es pertinente la acotación explicativa o la incidental, para hacer que el lector vea imágenes en nuestras palabras por medio de la metonimia… Hablando del arte de la palabra, a eso se refería José Martí: “Hay gente de tan corta vista mental que piensa que todo el fruto se acaba en la cáscara”.

 

Es decir que nos ha costado llegar hasta aquí en la historia, en la cultura y en el letramiento, en el compromiso —como imperativo, como afán, como subversión— de enseñar a leer y a escribir, de detonar las habilidades para desplegar al gusto nuestros patrimonios léxicos, nuestros pertrechos gramaticales, nuestros repertorios conceptuales.

 

Escribir y leer, pues, es una sucesión de pliegues y despliegues. Y así como la tela y el discurso se tejen desde su base también etimológica de texto y textil, los pliegues de las telas y los pliegos de la tipografía se bordan finalmente. Y también en honor a su origen común, plegar y llegar, ambas, tela y palabra, han de llegar a su destino y desplegarse, lo que estaba replegado se abre, se revela y se subleva.

 

Las palabras también son una plaza, se manifiestan, es decir que llegan y se despliegan y se explicitan insurrectas, subversivas, que implican tantas historias, pulsiones, juegos, retos, voces, miradas, guiños, tardes, ayeres, quizás, porqués; pliegos libres que no necesitan permiso para ser —ni perdón por ser— literatura, ideas, nuestra patria más profunda, porque al ejercerse lúcidamente, lúdicamente, hábilmente, le dan sentido, conciencia y dominio al espacio que ha de tener cada pliegue: nuestra propia Via fora, nuestra rebelión gremial contra el iletrismo impuesto, contra el silencio decretado, nuestras propias velas libertarias y nuestra llegada soberana.

 


[1] Descargadores del puerto de Barcelona, también llamados macips de ribera por su origen esclavo. “Estos bastaixos asumieron como tarea propia el acarreo gratuito de toda la piedra necesaria para la construcción, desde la distante cantera real de Montjuïc hasta Santa María. Y lo hicieron cargando sobre sus espaldas las impresionantes rocas que después serían trabajadas a pie de obra”, comenta Falcones en: http://www.elmundo.es/suplementos/magazine/2006/350/1149879196.html.

[2] Especie de juez elegido por el pueblo.

[3] Carlos Tello y Jorge Ibarra, unam, 2012.

[5] Sergio Núñez Guzmán (http://es.scribd.com/doc/82051414/Plicare-plegar-llegar)