Por Yarmille Cuéllar  |

Todas las mañanas, la veía por el pasillo rodeada de amigos; era imposible no distinguirla. Delgada, alta, de tez morena, cabello negro a media espalda, su falda corta seguía el cotoneo de sus caderas al caminar, mientras en sus brazos sus pulseras de fantasía resplandecían, igual que sus ojos negros.

 

Como su maestra de Geografía, tenía la oportunidad de observarla y convivía con ella varias veces al día. En el salón de clases, frente al grupo, mi atención se centraba a menudo en esta jovencita. Cecilia —tal es su nombre— tenía un aire misterioso y algo en ella despertaba mi curiosidad, tal vez temor. Su mirada profunda intimidaba; más de una vez conversé con sus amigos para ver qué me decían de ella, pero ninguno respondió mis dudas.

 

Noté que Cecilia tenía muchos amigos, pero en ocasiones su actitud hacia quienes no lo eran dejaba mucho que desear, pues se peleaba con ellos, ya fuera de palabra o a golpes, por situaciones desconocidas; más de uno le temía. Cuando estos incidentes ocurrían, se citaba a sus padres, pero no asistían muy seguido y, si lo hacían, mostraban poco interés en la situación. Llegué a pensar que tal vez la jovencita se comportaba así para llamar la atención de ellos.

 

Con el tiempo, dejé de prestar atención a esta enigmática alumna. Pasaron los meses y un día entré al baño de la escuela. No había nadie más, pero pronto escuché las voces nerviosas de un grupo de alumnas que entraba; mencionaron a Cecilia y dijeron que no tardaría en llegar. Por un momento pensé en salir para sorprenderlas, pero intuí que algo estaba a punto de pasar, así que decidí quedarme para ver qué era. En silencio, observaba atenta  a través de una pequeña rendija.

 

Cecilia no tardó en llegar; apareció quitada de la pena y sin ninguna preocupación, a diferencia de sus compañeras: ella iba a lo que iba. Vi claramente cómo se levantó la falda, y el dobladillo dejó a la vista algunos puntos de hilo, que sostenían aproximadamente seis bolsitas de marihuana, de unos 30 gr quizá. Las chicas le pagaron con billetes de a cien, después de recibir el producto. Cecilia se persignó con los billetes, los guardó en sus calcetas y abandonó el baño, seguida de sus compañeras.

 

Una vez a solas, salí del baño y aún permanecí ahí alrededor de 5 minutos. Había presenciado algo nuevo para mí; daba vueltas frente a los lavabos pensando qué hacer. Mi mente se llenó de preguntas: ¿me habrán visto?, ¿lo cuento a alguien?, ¿sabrán algo los demás profesores? Al cabo de un rato, resolví hablar con la directora de la secundaria.

 

Le conté con detalle lo ocurrido, mientras ella escuchaba sorprendida. Decidió actuar para confirmar lo relatado, así que convocó a todos los docentes para hablar del asunto; ninguno sabía que eso ocurría, pero todos coincidieron en buscar la forma de acabar con esa situación.

 

“¡Operación mochila!”: los maestros revisaron a los alumnos, buscando armas, herramientas punzocortantes y la droga. El salón de Cecilia fue el primero en revisarse y, efectivamente, en su falda se hallaron 5 bolsitas más, que le fueron retiradas; hicieron lo mismo con las que sus amigas habían comprado. Una vez que teníamos la prueba, citamos a sus padres.

 

Cecilia esperaba la llegada de sus padres, sentada en una silla, frente al escritorio de la directora. Balanceaba sus pies, sin preocupación y con esa sonrisa, esa mirada que tanto llamaba mi atención.

 

Llegaron sus padres. Su madre era muy parecida a Cecilia: cabello largo y ojos negros brillantes, de la misma estatura. El padre, más alto, traía una evidente expresión de molestia y llegó gritando con prepotencia; se quejaba de que le quitaban el tiempo, pues él tenía cosas más importantes que hacer. Los maestros presentes nos preguntábamos cómo reaccionarían una vez que supieran la situación: ¿le gritarían a Cecilia?, ¿llorarían enojados, tristes?, ¿se avergonzarían?, ¿reclamarían algo? Todo era una incógnita.

 

Mientras la directora relataba lo ocurrido en el baño y los resultados de la “operación mochila”, los padres escuchaban imperturbables. Terminado el relato, sólo quedó el silencio en la dirección. De pronto, su padre se levantó diciendo que el asunto le tenía sin cuidado, pues Cecilia contaba con su permiso para vender la droga que él mismo le proporcionaba. Y agregó que él también la distribuía en la zona, por lo que no veía problema.

 

Sin decir más, la familia salió del lugar, dejándonos sorprendidos y con un enorme sentimiento de indignación, de impotencia. En mi memoria, quedó una imagen que perduró varios días después: detrás de la figura del padre, Cecilia, en silencio, enroscaba su larga cabellera entre los dedos, mientras sus labios dibujaban una sonrisa de burla.