David Patlán  |

 

La imagen de una calavera blanca y los huesos cruzados sobre un fondo negro que ondea representó una muerte inaplazable para los piratas o bucaneros, quienes desde el siglo XVI hasta nuestros días asaltan mercancías para lucrar con su venta y tráfico redondeando las ganancias.

 

Si bien el propio término pirata deriva del griego con el sentido de “atacar”, el de bucanero o ladrón de mar deriva del francés antiguo “boucan” (rejilla utilizada para ahumar carne); la palabra se aplicaba a quienes solían cocinar en fogatas al aire libre.

 

Todo personaje o mortal quien deseara ser corsario debía ineludiblemente firmar un pliego o pergamino conocido como “Round Robin” (en lugar de firmar uno debajo del otro, lo hacían en círculo); su finalidad era evitar ser identificados y considerados como responsables en los ilícitos de altamar. Así, era casi imposible determinar quién firmó primero o último, por lo que la responsabilidad recaía sobre todos o ninguno.

 

En la actualidad, la piratería nuestra de cada día pasa por las calles que transitamos y las páginas electrónicas que navegamos; traficamos datos y especulamos con los beneficios que pueden generar nuestra actividad cotidiana, porque todos de alguna forma poseemos un artículo pirata. Corsarios de la posmodernidad, consumimos películas, música, software, ropa, medicamentos, libros, accesorios, y un sinnúmero de productos que contraviene las leyes del mercado.

 

En este sentido, la UNESCO recalca que la piratería reside en la violación a los derechos de la propiedad intelectual, y define a esta lucrativa actividad como “la reproducción y distribución no autorizadas, a escala comercial o con propósitos comerciales, de ejemplares físicos de obras protegidas”.

 

También considera a las mercancías “pirata” como “cualesquiera copias hechas sin el consentimiento del titular del derecho o de una persona debidamente autorizada por él en el país de producción y que se realicen directa o indirectamente a partir de un artículo”. [1]

 

En México, las autoridades suscribieron en 2006 un Acuerdo Nacional Contra la Piratería[2] que define a esta actividad como “toda aquella producción, reproducción, importación, comercialización, venta, almacenamiento, transportación, arrendamiento, distribución y puesta a disposición de bienes o productos en contravención a lo establecido en la Ley Federal del Derecho de Autor y en la Ley de la Propiedad Industrial”.

 

Lo anterior responde a que, motivados tanto por el menor costo que implican la adquisición del producto y la accesibilidad que se da en calles o establecimientos comerciales, como por la calidad que “representan, 9 de cada 10 mexicanos ha comprado al menos un artículo procedente de la piratería”. Esta práctica nos ha concedido el primer lugar en Latinoamérica  en la venta de contrabando y productos falsificados.

 

Aunque considerado como un delito, ni piratas ni consumidores disimulan o se esconden. Según la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo (Concanaco-Servytur), las ganancias por piratería en México alcanzan los 75 mil millones de dólares anuales, cifra que rebasa por mucho los ingresos obtenidos por la venta de petróleo (25 mil millones de dólares al año).

 

Esta misma asociación informa que los principales puertos de entrada de la piratería son el puerto de Manzanillo en Colima y Lázaro Cárdenas en Michoacán. Pero también se sabe que ingresan cargamentos por Ensenada, Baja California, y por Chetumal, Quintana Roo.

 

De acuerdo con la American Chamber of Commerce (2011) en su estudio “Encuesta de hábitos de consumo de productos piratas y falsificados en México” *** nuestro país es proclive a aceptar el consumo masivo de la piratería cuando no contravenga su salud; por ejemplo, cigarros, bebidas o medicamentos piratas son menos consumidos que otros productos.

 

En dicho estudio, se resalta que 94% de los encuestados dijeron conocer a alguien que compra piratería, y 54% de ellos mismos aceptó que recomendaría comprar productos falsificados.

 

Este añejo mecanismo de compra venta es hoy más visible; tan sólo en la Ciudad de México se estimó que el número de vendedores pirata rebasaba las 100 000 personas. De acuerdo con el INEGI, 13.5 millones de mexicanos trabajan en la ilegalidad, lo que sumado a 2.5 millones de desempleados da un total de 16 millones de personas, es decir, un mercado laboral pirata que está en constante fluctuación.

 

Si el censo pirata calculó que en 1720 había entre 2 000 y 3 000 piratas en las costas de El Caribe atacando a gran escala, hoy esos números son insignificantes ante los millones de individuos dedicados a la piratería, la cual sin duda cuenta con una vida aún muy prospera.

 

Una actitud menos pirateada

 

Recientemente se publicó un estudio titulado “Copyright & creation a case for promoting inclusive online sharing”, elaborado por la London School of Economics and Political Science (LSEPS), que podría revolucionar la perspectiva hacía la piratería.

 

Entre sus propuestas señala que el tráfico de contenido pirata en internet no ha dañado a la industria, sino que la ha beneficiado, ampliando el público que escucha, descarga y compra música, el que va al cine y el que adquiere videojuegos.

 

Según el diario español El País, los expertos de la LSEPS consideran que la promoción que hacen las disqueras en sitios como YouTube —con listas de reproducción, publicidad y canales oficiales—, ha sido un gran apoyo para las ventas de discos y sencillos. Y ha servido como medio de distribución y promoción en línea, tanto como de descarga de estos contenidos. Tal situación ofrece otra perspectiva de negocio en torno de la piratería moderna, ya que sin estos mecanismos las industrias culturales habrían quebrado.

 

En México, existe también el denominado licenciamiento de marcas, cuya finalidad  es  integrar a los vendedores de piratería hacia el mercado legal.  Un “producto licenciado” es el que se vende apoyado en la marca o imagen de otro producto o servicio.
La propuesta o modelo de negocios pretende convencer a los vendedores de artículos piratas a firmar un acuerdo o contrato que les confiere derechos de marca, para que así obtengan la licencia para comercializar legalmente sus productos. Lo que supone una regulación del mercado de la piratería.

 

Entre las marcas que se ofertan para el licenciamiento están Chivas, Pumas, Real Madrid, Lazy Town, Los Simpson y Hello Kitty; ya que esto permitirá a los talleres de piratería contar con productos de calidad sin incremento en sus costos de operación e incluso inhibir la importación de ropa de mala calidad.

 

Un problema pirata

 

Según la UNESCO, éstos son las principales causales del estado de la piratería:[3]

 

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  1. Escasa sensibilización del público. Carece del estigma social negativo que sensibilizaría al público sobre el hecho de que se trata de una actividad delictiva.
  2. Alta demanda de bienes culturales. La demanda de música, películas, libros y programas informáticos generó el desarrollo de un mercado ilegal para cubrir las necesidades de los consumidores.
  3. Malentendidos sobre la piratería. El público ve con frecuencia la piratería como una manera de lograr un acceso más barato a versiones de una obra de igual calidad que la original, pero ignora las repercusiones.
  4. Protección ineficaz de la propiedad intelectual y poco respeto de los derechos.
  5. El precio elevado de los bienes culturales. Los múltiples costos que se añaden antes de que el producto llegue al consumidor aumentan el precio del producto final. En consecuencia, se considera que la pobreza es un factor importante que contribuye a la ampliación de la piratería. Dificultad de acceso a las obras originales.
  6. Las existencias de productos legítimos en tiendas y bibliotecas son a veces insuficientes, en especial en los países en desarrollo. Las elevadas ganancias de los piratas.

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Los piratas no cubren ningún gasto comparable a los de la producción de bienes culturales originales, debido a que la inversión inicial para la reproducción y distribución ilícitas es limitada. Por eso, la posibilidad de obtener ganancias considerables y de manera fácil es otra de las razones que explican la ampliación y persistencia de la piratería.

 

 

*** Piratería por productos ***     

  • Ocho de cada 10 películas.
  • Siete de cada 10 discos musicales.
  • 65 por ciento del mercado de software.
  • 60 por ciento de usuarios de televisión por cable.
  • Tres de cada 10 usuarios de televisión por satélite.
  • Cinco de cada 10 prendas de vestir.
  • Tres de cada 10 libros.
  • Dos de cada tres pares de tenis.
  • Tres de cada 10 vinos y licores.
  • 20 a 40 por ciento del mercado de joyería.