Por Francisco Güemes Priego  |

 

Llamar al valle de México “la región más transparente del aire”, como lo hizo el  barón Alexander Von Humboldt, parece una broma de mal gusto al observar cada mañana la hedionda niebla que se pasea sobre la inmensa urbe, levantada sobre las ruinas de la antigua capital azteca. Pero hay que entender que, hasta hace setenta años, “La Ciudad de los Palacios”, como también la llamó el ilustre viajero, era mucho más pequeña, de poco más de un millón de habitantes. Fue a partir de los cuarenta que el endriago comenzó a crecer vertiginosamente.

En sólo cuatro décadas —de 1940 a 1980—, la población de la ciudad aumentó de 1 a 13 millones de habitantes. Y continuaría incrementándose hasta llegar a la cifra actual (incluida la zona metropolitana), de más de 20 millones de seres humanos.

Casi nos parece imposible imaginar que, antes de la llegada de los aztecas, el valle de México era un edén cubierto por el agua de cinco extensos lagos: Zumpango, Xaltocan, Texcoco, Xochimilco y Chalco, los cuales, en ciertas épocas del año, se unían en uno solo. Y aunque sus contornos estaban habitados por diversos pueblos como los tepanecas y los acolhuas, aún no había rastro del coloso de cemento en que se convertiría la cuenca con el avance de los siglos.

Gracias a sus dotes militares, los aztecas, aliados con Texcoco y Tlacopan, sometieron a todos los grupos que habitaban allí y, sobre una isla en el centro del lago en la que, según la leyenda, vieron un águila parada en un nopal devorando una serpiente, fundaron lo que sería una imponente ciudad: Tenochtitlán.

En 1519, los españoles llegaron por primera vez al valle. En su libro, Historia verdadera de la Conquista, Bernal Díaz Del Castillo narra así la impresión que les causa el avistamiento de la capital de los mexicas: “nos quedamos admirados y decíamos que parecía a las cosas y encantamiento que cuentan en el libro de Amadís”.

Tal era el hechizo que provocaba Tenochtitlán en quien tenía la dicha de conocerla. Sin embargo, eso no fue limitante para que los invasores la arrasaran y, sólo dos años después, tras la capitulación de Cuauhtémoc, utilizaran las piedras de sus templos para construir la nueva ciudad cristiana.

Las constantes inundaciones que sufría la ciudad provocaron que desde el principio de la administración colonial se considerara prioritaria la desecación de los lagos. No obstante, aunque poco a poco éstos fueron reduciéndose hasta quedar casi vacíos, la solución al problema no llegó hasta muchos años después, pasada la Independencia y la Reforma, durante el gobierno de Porfirio Díaz, cuando se finalizó la construcción del Gran Canal del Desagüe, el cual significó el fin de la cuenca lacustre.

Pero “la región más transparente del aire” no sólo perdió sus espejos de agua, habitados por patos, garzas y pelícanos; también vio morir sus ríos, ahora entubados y formados de aguas negras, cuyos nombres devinieron calles altamente transitadas: Churubusco, La Piedad, Mixcoac. Los bosques del poniente, con su aire alpino, han sido prácticamente reducidos a parques de bolsillo ubicados en alrededores de Las Águilas y Santa Fe, mientras que el pedregal de San Ángel, antes habitado sólo por serpientes y tlacuaches, devino una zona residencial, repleta de escuelas y centros comerciales.

Es cierto, aún podemos regocijarnos con algunos simulacros de lo que una vez fue el valle, viajando por los más apartados canales de Xochimilco, visitando la laguna de Xico o echando un vistazo a la reserva de la UNAM, pero es innegable que la belleza natural del valle de México ha sido prácticamente devorada por las fauces de la civilización.

Volviendo a lo que es la ciudad, ¿cómo definirla?, ¿cómo entenderla?

El pasado prehispánico, pese a la firme intención de los evangelizadores de extirparlo de raíz, sigue presente, no sólo en las ruinas del Templo Mayor, en la pirámide de Cuicuilco o en el recién descubierto monolito de Tlaltecutli, sino en el feliz desorden y la colorida alegría de los mercados y los tianguis, en la continuada tradición de venerar a los muertos o en las palabras de uso cotidiano de las que rara vez reflexionamos su origen indígena: elote, escuincle, comal, metate. Como dice Octavio Paz: cualquier contacto con el pueblo mexicano, así sea fugaz, muestra que bajo las formas occidentales laten todavía las antiguas creencias y costumbres”.

Pero en la ciudad pervive también la memoria de los trescientos años que nuestro territorio fue colonia ibérica, solidificada en cientos de monumentales iglesias: la Catedral Metropolitana, la Basílica de Guadalupe, La Profesa, San Hipólito, entre muchas otras. En palacios, como la Casa de los Azulejos, en calles empedradas y caserones como los que podemos encontrar en el Centro Histórico o en lo que hasta hace no mucho eran pueblos que solían servir para el descanso de los habitantes de la ciudad: San Ángel, Coyoacán y Tlalpan.

También, perviven los recuerdos de lo que fue, según Carlos Fuentes, “nuestra belle époque fantasiosa”,[1] el porfiriato, en edificios y monumentos que, como el Palacio de Correos, el Ángel de la Independencia o Bellas Artes, son todavía algunos de los símbolos más distintivos de la capital.

Del encumbramiento del PRI en el poder y su “dictadura perfecta”, como la llamó el escritor peruano Mario Vargas Llosa, nos quedan signos de ese fugaz milagro mexicano que se vivió en los cincuenta y sesenta: la Torre Latinoamericana, los túneles del metro, Ciudad Universitaria, el Estadio Azteca, el Museo de Antropología. Herencia priista son también las unidades habitacionales de Tlatelolco y sus paredes ensangrentadas, el caótico crecimiento urbano y el exceso de contaminación.

De los “gobiernos de la alternancia”, el PAN en la presidencia y el PRD en el gobierno de la ciudad, nos han quedado los segundos pisos (gratuitos y de paga), el metrobus, la Torre Mayor, el renacimiento del Centro Histórico, pero también, líneas del metro inservibles y Estelas de Luz que más que celebrar, parecen una burla a la Independencia.

El leviatán sigue absorbiendo bosques, campos, montañas; no falta mucho para que se anexe Pachuca y Cuernavaca. Sin embargo, la capital no sólo crece en tamaño, sino en desigualdad. Basta darse una vuelta por el exultante lujo de Polanco, Reforma y Santa Fe y confrontarlo con la galopante miseria que reina en Iztapalapa, Chalco o Ciudad Nezahualcóyotl.

“¡Payasos! ¿Dónde creen que están? ¿Suponen que impunemente pueden sentirse pasteles de vainilla sobre esta montaña de tortillas agusanadas?”,[2] se pregunta Carlos Fuentes en “Por boca de los dioses”, uno de sus primeros cuentos. Más que manifiesto el contraste entre una delgada capa de individuos de apellidos rimbombantes y estudios en el extranjero que pretende olvidar que, bajo las suelas de sus carísimos zapatos, vive una mayoría mestiza o india, sepultada en la indiferencia y el olvido.

La Ciudad de México, monstruo abigarrado, donde todo parece caber: iglesias barrocas, mansiones porfirianas, rascacielos, casas de cartón y de lámina, palacios de tezontle, edificios inteligentes, basureros, desagües, centros comerciales, trenes subterráneos, volcanes, museos, pirámides, chinampas. Doble máscara de ostentación y carencia, fachada de mármol con interiores de cartón. Caótica, fascinante, infinita, tal es la hermosa bestia del millón de ojos.



[1] Carlos Fuentes, Vlad, México, Alfaguara, 2012, p. 14.

[2] Carlos Fuentes, Cuentos Completos, México, FCE, 2013, p. 56.

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