Por Jesús Ayaquica Martínez |

El cambio es una de las características más notorias de nuestro mundo contemporáneo; como nunca antes, los avances en materia de tecnología y comunicación han dado lugar a un panorama que se transforma a ritmo apresurado, lo que provoca una serie de consecuencias tanto en el ámbito social como en términos de la vida de los individuos. En este contexto, muchos tienen la necesidad de un ajuste interior y de que su vida adquiera un rumbo definido: que ésta sea más que inercia y una existencia dedicada sólo al consumo y a la satisfacción apurada de lo básico.

En ocasiones, la búsqueda se emprende porque la vida parece caerse a pedazos: las relaciones con los seres cercanos se convierten en un campo de batallas interminables; el trabajo se vive como actividad autómata sin sentido ni posibilidad de mejora; la salud se quiebra y el cuerpo parece ponerse en contra y se niega a continuar. A veces, la inestabilidad se debe a una crisis temporal centrada en algún aspecto concreto; otras, a una sensación difusa y persistente de malestar generalizado que produce la impresión de que el mundo repentinamente se nos viene encima. El estrés, la somatización, la ansiedad, la neurosis, la obsesión, la paranoia, la depresión y sus combinaciones son términos cada vez más comunes para describir el estado cotidiano de un número creciente de personas.

Frente a este panorama, y como resultado del esfuerzo por hallar puntos de referencia sólidos y estables en un mundo que se mueve a una velocidad vertiginosa, podemos apreciar un auge en los movimientos religiosos —de modo particular, los autóctonos y las antiguas doctrinas de influencia oriental— en las prácticas de meditación y en diversas corrientes de superación personal y búsqueda de la paz emocional. Cada día, surgen flamantes gurús cibernético-esotéricos que proponen métodos de sanación milenarios y modernos —mejores mientras más desconocidos o novedosos— cuya característica común es destacar la necesidad de un trabajo personal centrado en los aspectos interiores que se consideran más deteriorados, para hacer frente a una realidad cambiante y amenazadora.

Por su parte, desde la mirada propia del psicoanálisis, los mitos representan singulares medios para escenificar la situación actual. Para varios autores, estas narraciones cumplen una función privilegiada para el equilibrio mental de los grupos sociales pues, por su medio, expresan alegóricamente sus emociones y se da satisfacción simbólica a sus deseos inconscientes reprimidos al exteriorizar y canalizar de manera colectiva los apetitos y las fobias de esa sociedad. En este sentido, es ampliamente conocida la mención de personajes como Edipo, Narciso o Electra para ilustrar algunos mecanismos básicos del funcionamiento psíquico normal y patológico. Según los pensadores psicoanalíticos, la razón de que tales historias sigan teniendo vigencia y continúen generando profundas emociones, al contemplarlas en el teatro o en la pantalla, se debe a que vemos representado externamente el drama que cada uno vivimos día a día, más o menos de cerca, en nuestra mente y en nuestros sentimientos.

En esta ocasión, quisiera proponer a los lectores la recuperación de uno de los antiguos habitantes del Olimpo como un excelente modelo de la situación contemporánea y de los recursos personales que podemos desarrollar en nuestra búsqueda espiritual de caminos más sanos y seguros. En las siguientes líneas, los invito a conocer a un singular personaje y a escuchar el mensaje de esperanza que su historia tiene para nosotros; conozcamos, pues, a Hefesto.

Dios griego del fuego, de los volcanes y de los herreros, es reconocido en el imaginario popular como el artesano de los dioses. Su estampa, inmortalizada desde la época clásica en vasijas y esculturas y, más recientemente, en óleos y películas, se presenta como un hombre feo, rengo y deforme, de largos y enmarañados cabellos, ataviado de una túnica sin mangas, sucio y sudoroso, siempre trabajando en la fragua y el yunque, con un martillo a menudo en llamas. Era objeto de espanto para los hombres y de aversión para los dioses; no obstante, su maestría en el manejo de múltiples materiales es legendaria. Se le atribuye la construcción del palacio de Zeus y diversas narraciones reconocen su forja en casi todos los objetos metálicos con poderes usados por los dioses, como el casco y las sandalias de Hermes, el radiante carro de Helios y numerosos escudos, como el de Aquiles y Eneas. También es el artífice de Pandora, la primera mujer, elaborada a partir de arcilla por encargo de Zeus para introducir toda serie de males en la vida de los hombres, como castigo por la osadía de Prometeo de darles el fuego.

Sin embargo, los relatos conocidos han recopilado pocos datos acerca del origen de su cojera y de algunos rasgos psicológicos que distinguieron la personalidad de Hefesto dentro de la comunidad de los inmortales. Como sucede con algunos personajes de la mitología griega, existen historias divergentes e incluso contradictorias acerca de algunos hechos que determinaron su vida. Su propio nacimiento está envuelto en la controversia: mientras unos autores afirman que fue hijo de Hera y Zeus, concebido fuera del matrimonio en un arranque de pasión, otras tradiciones señalan que su altiva madre lo engendró sola como revancha por el nacimiento de Atenea, hija de Zeus, sin intervención de una mujer. No obstante, si consideramos que en una versión del mito el propio Hefesto es quien golpea la cabeza de su padre para el alumbramiento de su hermana menor, la venganza de Hera no tiene ningún sentido. En todo caso, es de gran interés que en el pensamiento griego, reflejado en estas narraciones, los destinos de Atenea y Hefesto —la sabiduría, la guerra y la fabricación de las armas para ella— estén unidos de manera indisoluble.

También, encontraremos explicaciones opuestas al investigar la deformidad de nuestro personaje; una leyenda cuenta que Hefesto nació deforme, sin la característica belleza de las otras divinidades, y la propia Hera, avergonzada de dar a luz a una repugnante criatura, indigna de su majestad, arrojó al niño desde la cumbre del monte sagrado. Otro de los relatos conservados menciona, en cambio, que la causa fue su intromisión en un conflicto conyugal: intervino en favor de su madre durante una violenta discusión con Zeus, quien, ciego de ira por lo que pensaba era un complot familiar en su contra, tomó a su hijo del pie y lo arrojó del Olimpo. En cualquier caso, Hefesto viajó por los aires por mucho tiempo hasta que cayó al mar. Dos deidades del océano lo rescataron lisiado, maltrecho y casi sin respiración y lo trasladaron a la isla de Lemnos, donde los habitantes lo reanimaron, lo cuidaron hasta que creció y le enseñaron las técnicas de la artesanía, de la que se convirtió, con el tiempo, en el maestro absoluto.

Ambas versiones coinciden en el hecho de que la monumental caída no originó la muerte de nuestro protagonista, aunque sí fracturó sus piernas y dislocó sus caderas, lo que le dejó una secuela de por vida que afeó aún más su aspecto: una cojera muy característica que le impedía caminar con normalidad y lo obligaría a ayudarse con un palo. Incluso, algunas vasijas lo representan con las extremidades al revés y Homero, en la Ilíada, lo designa con el epíteto el “ilustre cojo de ambos pies”.

Hefesto, pues, nos presenta la cruda realidad de un infante no planeado, crecido en un ambiente tóxico sin el calor de un hogar y odiado por no cubrir las expectativas de sus padres; lastimado en su cuerpo por crueles escenas de violencia doméstica, que le dejarán secuelas permanentes; dañado en su autoestima por una herencia genética poco atractiva; repudiado y víctima de los celos, conflictos y envidias de sus propios cuidadores. En fin, la amarga situación vivida por muchos niños y niñas en la Grecia antigua y en el México moderno; en una palabra, más o menos, nuestra propia historia en algunos aspectos.

No es difícil intuir que un pequeño como Hefesto, víctima de este entorno familiar disfuncional, estaba condenado a crecer con graves deficiencias en su imagen y con problemas serios en su personalidad. Algunos mitos hacen eco de la naturaleza violenta y vengativa de nuestro personaje; por ejemplo, cierto día, furioso por el trato recibido, alcanzada la fortaleza del cuerpo y la sagacidad de la mente, urdió una astuta revancha: regaló a la diosa Tetis una joya bellísima y, cuando Hera la vio, quiso saber quién la había confeccionado. Al enterarse de que era obra de su hijo, llena de codicia, lo invitó a volver al Olimpo; en respuesta, recibió un exquisito trono de oro, bellamente decorado como regalo de su hijo ausente. Complacida, la diosa se sentó, pero, cuando trató de levantarse, unas correas invisibles se lo impidieron y quedó atrapada. En vano, otros dioses intentaron liberarla y ni siquiera la fuerza devastadora de Ares fue capaz de romper los lazos, pues el conjuro era muy poderoso y el único que podía deshacerlo era su creador.

Hefesto se negó de manera rotunda a trasladarse al Olimpo para soltar a su madre; no sirvieron los ruegos ni las amenazas, pero pudo más la astucia de Dionisos, amigo suyo, quien lo persuadió recurriendo a los efectos del alcohol y lo llevó a la presencia de la diosa en el lomo de un asno. Sin embargo, el rencoroso hijo no accedió a dejarla libre hasta que se cumplió una demanda: recibir por esposa a Afrodita, la más bella de las diosas quien, por cierto, tiempo después lo engañaría con Ares. El ilustre cojo de ambos pies castigaría la infidelidad de su mujer de una manera semejante: confeccionó una red invisible que inmovilizó a los amantes en su propio lecho e invitó a todos los dioses a presenciar el adulterio, para deshonra de su mujer.

En este punto, es preciso preguntarnos qué elementos positivos pueden rescatarse de este drama de violencia, desamor y revancha. Pese al sombrío panorama que se dibuja ante nuestros ojos, las narraciones que se conservan nos permiten alumbrar en esta historia buenas noticias y elementos alentadores acerca de nuestro propio desarrollo.

Si consideramos que Hefesto puede representar los aspectos lastimados, enfermos y desagradables de nuestra propia personalidad, la primera lección de confianza que nos entrega este mito es la certeza de que la vida interna se abre paso y se esfuerza en seguir adelante, pese a las consecuencias. Cuando las circunstancias nos obligan a pasar penurias, cuando somos golpeados por las situaciones, cuando atravesamos por momentos de amenaza o inestabilidad, cuando no parece haber nada bueno en lo que está por venir, la vida instintiva se resiste, se agarra con fuerza a veces con estilo y otras con torpeza, pero podemos estar seguros de que conseguirá restablecerse y se pondrá de pie una vez más.

De modo paradójico, el destierro del Olimpo representará para Hefesto una experiencia fundamental de crecimiento y fortaleza. Nuestro héroe, tal como sucede en muchos hogares, viene al mundo en un ambiente de incomprensión, de crueldad por ignorancia o por franca maldad de quienes lo rodean. Al nacer, se espera de él que sea, o se convierta en, un determinado tipo de persona y se comporte de cierta manera convencional o por lo menos no provoque sobresaltos ni disgustos de algún tipo. Se espera de él y se le exige que sea el hijo digno y perfecto que las fantasías de Hera y Zeus han tejido sin considerar su realidad; no obstante, el niño resulta feo y, además, salvaje. En cambio, la expulsión de ese lugar lo conduce al encuentro de divinidades y personas que le ofrecen el reconocimiento y la aceptación que le permiten curar sus heridas, robustecerse y dar salida a los aspectos creativos de su personalidad que estaban agazapados y sin utilizar hasta entonces. Nuestro personaje, gracias al exilio, logra descubrir su verdadera familia psíquica y desarrollar vitalidad y sensación de pertenencia. Se convierte, así, en valioso ejemplo de que una persona que adquiere la fuerza interior necesaria —no una fuerza perfecta, sino sólo moderada— y la aceptación suficiente de sus condiciones puede conseguir ser ella misma y encontrar el lugar que le corresponde. Además, un individuo así puede influir magistralmente en la comunidad.

Sin duda, esta historia nos muestra que la marca distintiva de la vida psíquica es su afán de seguir adelante, su perseverancia; Hefesto nos muestra con seguridad que podemos volver a prosperar o hacerlo por primera vez, aunque estemos apartados de nuestra vida creativa, aunque nos hayan expulsado de una sociedad o de una empresa, aunque estemos viviendo un exilio familiar o un destierro por parte de un grupo, un castigo a nuestros movimientos, pensamientos o deseos. La vida interna seguirá y nosotros continuaremos avanzando. En caso necesario, se arrastrará de un sitio a otro hasta hallar un buen lugar, un lugar curativo, un lugar donde recuperarse y florecer.

Si tú eres un moderno Hefesto, que estás en la etapa de sentirte expulsado, si te sientes en caída libre o tienes roto el corazón o lastimado el cuerpo o vacío el bolsillo, no temas. Puedes estar seguro de que un nuevo entorno familiar emocional te aguarda y un nuevo crecimiento personal está por suceder. Estés desmembrado, quebrado, desportillado o deforme, la fragua del artesano de los dioses dentro de ti tiene un remedio y encontrará, sin duda, un artificio curativo para tu aflicción.

Por último, la historia que analizamos encierra un hermoso mensaje de perdón y reconciliación hacia ambas figuras paternas. En la escena que referimos antes, Hera queda aprisionada en el trono que su hijo ha confeccionado para vengarse. Cabe notar que su intención no es ocasionarle la muerte, ni siquiera parece querer lastimarla, sólo pretende darle una lección, quiere mostrar su enojo por las experiencias anteriores e inventa una manera ingeniosa para que la diosa experimente en su propio cuerpo la tortura de la inmovilidad, como el que causó el maltrato recibido del propio Hefesto. Una vez ejecutada su venganza, una tradición afirma que permaneció en el Olimpo e hizo las paces con su madre, hasta el punto de que llegó a poner en riesgo la vida por ella: en una de las múltiples peleas que escenificó con su marido, Zeus la aprisionó con una cadena de oro; nuestro personaje, desafiando el riesgo, liberó a su madre, lo que motivó la ira de su padre y su segunda expulsión del Olimpo. También es legendaria la paciencia y las múltiples ocasiones en las que perdonó a Afrodita sus infidelidades gracias a un amor que se mantuvo vivo pese a todo.

Con su padre, también se reconcilió. La tradición nos refiere que Hefesto era uno de los doce dioses del Olimpo que convivía familiarmente con Zeus y asentó su palacio en la montaña sagrada; así, contrario a lo vivido, a un pasado tortuoso, con el tiempo logró una amistad y cercanía con su padre y ser de las pocas deidades que llegaron a gozar de tal intimidad. Recuperó la confianza al grado de ser el encargado de desempeñar diversos trabajos especiales para el padre de los dioses.

Así, en algunos cultos que se practicaron en su honor en distintos santuarios, Hefesto fue celebrado como el dios del fuego, como fuerza creadora, y se convirtió en la divinidad del amor y la restauración mística. De igual forma, ha sido reconocido por su sabiduría especial, a causa, precisamente, de su deformidad; no es casualidad que en muchas culturas los tuertos, los cojos, los mancos y, en general, aquellos que padecen alguna deficiencia física hayan sido objeto de aprecio y reverencia especial por sus conocimientos profundos de la naturaleza humana, pues su lesión o su invalidez los obligó, a edad muy temprana, a emigrar a ciertos territorios de la mente y del corazón que están reservados, por lo regular, a gente anciana y con vasta experiencia.

Traer hoy a la memoria a Hefesto es recordar que en esos mismos aspectos heridos e inválidos de nuestra vida interior, poseemos también habilidades espirituales para regenerarnos, toques curativos, capacidad de ver en la oscuridad y en la confusión y un poderoso discernimiento que capta lo físico y lo emocional. Escuchar esos aspectos nuestros, conocerlos y confiar en ellos, es encomendarnos a unas manos que poseen sabiduría que alimenta, remedia y sostiene.

En un mundo que cambia sin cesar, que está marcado por la violencia continua, Hefesto, el artesano del alma, nos conecta con nuestra potencia interna mediadora, con nuestra capacidad de reconciliación y con los aspectos más amorosos y pacificadores de nuestra personalidad.