Por Manuel Guillén |

Peter Sloterdijk, filósofo alemán, afirmó en su magno ensayo En el mundo interior del capital, sobre el desarrollo del capitalismo global: “Modern times: medio milenio después de los cuatro viajes de Colón, la Tierra circunvolucionada, descubierta, representada, ocupada y utilizada se presenta como un cuerpo entretejido con una tupida malla de movimientos circulatorios y rutinas telecomunicativas [… ] Los global players viven en un mundo sin distancias”. En este contexto civilizatorio, universal e ineludible, se inscribe un deporte eminentemente moderno, el más popular y, muy probablemente, el más hermoso del mundo: el futbol. Debido a esto, presenta dos ramificaciones esenciales en su modo de ser: la integración de lo humano disperso y la tecnologización de su fenomenología.

 

Los motivos que se han analizado sobre la popularidad universal del futbol son numerosos; por ejemplo, su rápida expansión desde uno de los grandes núcleos imperiales de la Modernidad (Inglaterra, por supuesto) al resto del mundo; la esfericidad de su artefacto esencial, que remite a la esfericidad del planeta y a la contundencia esférica de los desarrollos culturales; la dialéctica del orden (la estrategia del juego) y el azar (las sinergias particulares de la cancha); los motivos simbólicos de dominación guerrera (una dinámica cotidiana de victorias y derrotas) y de representación del acto sexual (el acto mismo de meter con fuerza la pelota en el hueco de la red), etcétera. A todo esto, últimamente se ha añadido una oleada generacional de football haters que critica la pertenencia del futbol al sistema de los espectáculos globalizado y, en consecuencia, al más alto nivel de usufructo capitalista de los seres humanos —vía el propio tráfico mercantil de futbolistas y, especialmente, mediante los miles de millones de dólares que se mueven por medio de la publicidad mass-mediática en torno del futbol—. Hay mucho de verdad en todo lo recién mencionado, y también de histérica exageración. Lo cierto es que revela el amplio calado social del deporte masificado por excelencia de la Modernidad y la posmodernidad.

 

Pero, más allá de la analítica y la crítica acerca del futbol, quiero ahora destacar su vigor cultural en tanto que creador de lazos sociales transfronterizos. Allende las rivalidades de clubes, de las representaciones nacionales, de los colores de camisetas y de los honores competitivos, el futbol genera una complicidad trasnacional e intergeneracional en torno de su pura esencia lúdica que ninguna otra práctica deportiva puede siquiera igualar. Como dice el refrán norteamericano, “un pescador reconoce a otro pescador desde la playa”, así el fanático reconoce al otro adepto al futbol doquiera que se encuentre. El diálogo futbolístico entre extraños, entonces, está garantizado; porque no es un mero intercambio lingüístico casual como la charla superficial acerca del clima, común entre extraños, sino una conversación cargada de memorias, deseos y emociones; una apertura a la fraternidad. Porque el futbol es una verdadera ecúmene posmoderna. Los ejemplos de ello sobran lo mismo en la cotidianidad que en el anecdotario de las personalidades, famosas o renombradas, del mundo entero. Junto con ellas, de manera cierta, corre en paralelo una funesta historia de ignominias sobre el futbol: asesinatos, pandillerismo, violencia colectiva irracional e incluso el pretexto para una guerra entre unas repúblicas del subcontinente centroamericano. Esto no obsta para quebrar la tendencia ecuménica mayoritaria del futbol.

 

Así, el periodista mexicano Epigmenio Ibarra y el camarógrafo Hernán Vera salvan la vida en la Guerra de los Balcanes cuando el jefe de sus captores se da cuenta de que ha apresado a un par de paisanos de un ídolo del futbol, el goleador del Real Madrid, Hugo Sánchez. O el siempre belicoso portero alemán Harald Schumacher masajeando las piernas deshechas de calambres de Michel Platini, bajo el sol abrazador de la ciudad de Guadalajara, Jalisco, en una de las semifinales del México 86, ardua y desgastante como pocas. O, en nuestros tiempos, la labor altruista de Cristiano Ronaldo, que lo mismo ha pagado de forma íntegra la neurocirugía de un bebé español de bajos recursos, que departido amistosamente una jornada entera con un muchachito que salió de la pérdida de la consciencia tras haber escuchado (aún en coma) el partido de repechaje en el que su ídolo, con tres goles, puso a la selección de Portugal en Brasil 2014. Tras escuchar la narración del tercer gol, el muchacho volvió a la vida consciente.

 

Aunque quizá uno de los ejemplos más contundentes de esta hilazón humana en torno del futbol sea aquel de la oncena brasileña perdedora en la final de 1950, en tierra propia, ante los uruguayos. En un destacado reportaje sobre ellos, recientemente aireado por ESPN, llamado Los hijos del Maracaná, refieren cómo, tras esa derrota, mundialmente conocida como “el maracanazo”, fueron desterrados de la sociedad brasileña aún viviendo en ella; repudiados, humillados, excluidos, tuvieron que cargar con la ira y la frustración de cientos de miles de fanáticos, incluso por generaciones. No obstante, en el documental hay una referencia que en primera instancia podría parecer sorpresiva: además de sus familias, los únicos que realmente los reconfortaron durante años fueron justo los que los derrotaron en aquella final; en efecto, los jugadores uruguayos los recibían con cálida camaradería de cuando en cuando en sus casas de la República Oriental del Uruguay. Caso paradigmático, sin duda, de la fraternidad futbolística universal, que atraviesa fronteras, razas e ideologías.

 

Hoy por hoy, el Mundial de futbol de la FIFA, en su esquema básico, posee plena vitalidad, adaptándose a la realidad y exigencias de la era postindustrial contemporánea.  Durante un mes, el mundo entero se ha dirigido a Brasil para ver, seguir, sufrir, alabar y reprochar a 32 oncenas de “héroes” y “villanos” nacionales que luchan sobre el pasto; siguiendo la lógica e intersticios de un juego que representa a la vida misma, con glorias y sinsabores; logros y derrotas, el valor de la entrega y la desazón de la batalla pérdida. Miles de millones de espectadores, virtuales y presentes, de audiencia acumulada; 15 mil voluntarios, 18 mil periodistas; billones de bytes de información gráfica, escrita y hablada recorriendo en décimas de segundo el planeta entero. El futbol, deporte que los dioses tuvieron a bien poner en esta Tierra y que verán a techo descubierto desde su posición elevada y metafísica, engarzando a la tercera semiesfera de este sistema solar al unísono del grito del gol, a través de la más alta tecnología que hemos sido capaces de inventar, desarrollar y construir. Luchas de gladiadores posmodernos envueltas en kilómetros y más kilómetros de cableado cibernético; microondas, comunicaciones satelitales y circuitos integrados. El mundo empequeñecerá en tanto que espacio comunicativo al mismo tiempo que ampliará las pasiones globales, esparciendo acontecimientos focalizados de la justa deportiva a través de los más variados dispositivos tecnológicos que nos marcan como civilización. La impoluta evolución social en el vértice de su desenvolvimiento tecnocientífico al servicio del deleite estético, fraternal y guerrero del balompié; espectáculo y actividad mundial por excelencia.

 

Dispositivos electromagnéticos de seguridad, rayos X, comunicaciones inalámbricas, ejércitos enteros de computadoras personales y empresariales, ondas eléctricas vueltas semántica e iconografía: nadie estará exento del evento; de los servidores computacionales de última generación pertenecientes a las grandes, poderosas y omniabarcantes cadenas polimediáticas del mundo (ESPN, BBC, FOX, Televisa, Globo, CBS, etc.), a los roñosos receptores de radio Sanyo o Telefunken que vieran luz en los noventa de alguna aldea perdida de África Central. Durante treinta días de derrotas míticas y prodigiosos triunfos (desde la perspectiva del fan, claro está), el balón interconecta a la humanidad toda haciendo sentir que, después de todo, somos una especie de placeres y emociones compartidas.

 

La interconectividad traspasa la esfera mediática de la cobertura periodística del Mundial, para llegar a todos aquellos que se acerquen al único acontecimiento no sangriento o político que cambia el ritmo de vida de los habitantes del planeta. De manera que millones de fanáticos, de curiosos y de escépticos (y sí, también los football haters), en cualquier latitud del globo, tienen acceso en tiempo real a todo lo que en Brasil acontece, mediante los más variados aparatos de radio, receptores computacionales de internet, teléfonos celulares, televisores y pantallas multimediáticas: nadie podrá perderse el juego del balón en un mundo empequeñecido, compactado, hiperconectado por el advenimiento de la más eficaz y pulcra tecnología concebida jamás. En suma, la tecnología está lista y aceitada para cablear al balón, sin olvidar jamás que, a fin de cuentas, lo único que da vida, grandeza y sublimidad al deporte más popular de la Tierra es simplemente un par de oncenas de atletas, el césped y una esfera que no parará nunca de rodar.