Por Benjamín González |

 

Quisiera comenzar esta breve reflexión con algunas anécdotas relacionadas con graffitis en la Ciudad de México y que ilustran el tema que deseo abordar, el cual pasa por poner en evidencia el diálogo roto entre el movimiento cultural que reivindica al graffiti como uno de sus elementos fundamentales y grandes grupos de nuestras sociedades que siguen sin entender este fenómeno.

Es una lucha entre la necesidad primordial de expresión y trasgresión del sector juvenil y la escasa o nula comprensión por parte de la gran mayoría de la población.

Hace menos de un año se fundó en la delegación periférica de Tláhuac en la ciudad de Mé­xico una escuela de artes y oficios y un centro cultural. Nuestro trabajo en esa comunidad nos obligó a adentrarnos en las entrañas de quizá uno de los pocos territorios semirurales que aún existe en nuestra capital. En un recorrido por estos barrios, un grupo de promotores culturales y yo encontramos una advertencia hacia los jóvenes que practican el graffiti que rezaba a la letra: “No se responderá por la vida de quien pinte esta pared.” En una delegación donde meses atrás se había linchado a policías federales que ingenuamente tomaban fotos en las afueras de una escuela, la amenaza era realmente escalofriante, pero lo que más nos sorprendió es que cuando vimos la advertencia en la pared, ésta ya estaba intervenida por varios “tages” y “bombas”, es decir, alguien ya había tomado la decisión de desafiar la amenaza y, por consiguiente, jugarse la vida. Una lluvia de preguntas nos provocó este hecho y que las pongo a consideración de los lectores para reflexionar conjuntamente. ¿Por qué un joven adolescente es capaz de arriesgar su vida por pintar una pared? ¿Qué fuerza es tan poderosa que hace que se tomen riesgos extremos para retar a la autoridad o al poder? ¿De dónde surge esta necesidad de rayarlo todo y de hacerlo justo ahí donde molesta, trasgrede y provoca? ¿En qué pensaba aquel que escribió aquella leyenda macabra? ¿Se sentiría dueño de la vida de un joven cuyo único pecado era rayar aquella pared? ¿Acaso se percibía al joven grafitero como un criminal que merece morir antes de comprender el fenómeno que lo llevó a pintar?

En otra ocasión me encontraba en la ciudad de Morelia, Michoacán, para participar en un seminario de políticas para jóvenes, cuando leí en un diario local una noticia, a ocho columnas, que me dejó paralizado: “Caen peligrosos grafiteros”. La imagen que ilustraba la nota era un grupo de adolescentes colocados en fila frente a las cámaras —como se acostumbra colocar a los criminales peligrosos— y que mostraban a la opinión pública sus “armas de alto poder”, que no eran otra cosa que latas de spray, válvulas de todos tamaños y colores, además de al­gunos plumones. En las manos tenían rastros de pintura fresca (para decirlo de forma irónica, tenían todavía las marcas del “cuerpo del delito”). Era la noticia central en una ciudad donde en aquel entonces era delito pintar las calles. Regreso a nuestra reflexión: ¿son criminales los grupos de jóvenes que decidieron formar una brigada nocturna y rayar paredes y tachadas privadas? ¿Es ético exhibir a un adolescente al escarnio social por un impul­so que tiene su origen en la necesidad de expresar sentimientos, emociones, enojos o preocupaciones?

Platicaré una tercera experiencia. Hace un par de años el anterior gobierno de la ciudad de México, Marcelo Ebrard —en aquel entonces secretario de seguridad pú­blica—, a recomendación de Rudolf Giuliani —exalcalde de Nueva York— creó la policía “antigraffiti”. La justifi­cación para la creación de este cuerpo de élite era que “los grafitos en las paredes son en realidad marcas de la de­lincuencia organizada para anunciar los puntos donde se vende droga”. Muchos jóvenes grafiteros se burlaban de esta concepción e irónicamente comentaban que en cada esquina de la ciudad había un graffiti en clave que decía: “Se vende droga aquí, barata y buena, llévela, llé­vela, llévela”, como en el tianguis. La idea de la autoridad sobre este fenómeno social y urbano delata su falta de conocimiento y su alejamiento de la realidad. Confundir la delincuencia organizada con los jóvenes grafiteros lle­va el análisis a un punto muy peligroso, pero lo que es peor es proponer una supuesta solución —la policía antigraffiti— que, irónicamente, no va a solucionar nada, la guerra contra el graffiti es una guerra perdida, por lo que es tan importante que empecemos a mirar más y me­jor este fenómeno. Podemos concluir inicialmente sobre el tema que nos convoca lo siguiente:

  1. Las autoridades y la mayoría de la sociedad no termi­nan de comprender lo que motiva a los jóvenes a rayar las ciudades.
  1. La mayoría de las personas no conoce esta forma de lenguaje y conversación, por lo que no puede entrar en diálogo con quienes lo practican.
  1. El graffiti es una práctica de resistencia que molesta y trasgrede a quienes no pueden ni quieren compren­derla.

Podemos abordar el graffiti callejero desde muchos pun­tos de vista. Es, antes que nada, un fenómeno social aso­ciado a la necesidad de expresión, de reconocimiento y afirmación social. El grafitero gana reconocimiento y pre­sencia en su crew o colectivo mientras más osado, audaz y atrevido sea; mucho tienen que ver los lugares donde realiza su trabajo. No es lo mismo grafitear una barda abandonada que una patrulla de policía o un espectacu­lar. Cada lugar marca las pretensiones del artista y lo co­loca frente a los demás. Otro aspecto importante es la necesidad de hacerlo con o sin el permiso del dueño del espacio. Últimamente se ha desatado un debate entre los llamados grafiteros legales —que son aquellos que solici­tan permiso para pintar y que trabajan con instituciones públicas y privadas— y los llamados grafiteros ilegales —que no reconocen a la autoridad como interlocutor y su accionar es clandestino. A mi juicio, ambos bandos son interesantes y necesarios para ilustrar un movimien­to cultural como es el del graffiti. Los legales son una pieza importante en la difusión y comprensión del fenómeno para darle visibilidad social y relacionarlo con otras ini­ciativas estéticas, y los ilegales mantienen este movimien­to como un acto de protesta y reivindicación, situación refrescante frente a una sociedad cada vez menos rebelde y participativa.

 

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Otro aspecto que debemos abordar de este movimien­to es su relación con la actividad artística de una ciudad. Siempre surge la pregunta: el grafitti, ¿es arte o no? Po­demos debatir por horas esta difícil encrucijada, pero creo que no es lo más importante —aunque tengo mi opinión al respecto—. Creo que lo verdaderamente im­portante es que tenemos a miles de jóvenes que quieren pintar, que quieren hacer stickers, serigrafía y esténcil, que quieren usar estas formas de expresión con la firme intención de inundar todo con nuevas y provocadoras ideas. Este fenómeno no puede ser ignorado por quienes nos dedicamos a la promoción y difusión de la cultura desde el ámbito público o lo privado. Lo que sí podemos hacer es aprovecharlo e impulsarlo; incluso provocar este movimiento para que se vea en la necesidad de encon­trarse con otros movimientos artísticos y que se ponga a prueba.

En El Faro de Oriente, una escuela de artes y oficios popular y social ubicada en el corazón de uno de los ba­rrios más violentos de Iztapalapa en la ciudad de Méxi­co, la experiencia con los jóvenes que pintan graffiti es muy reveladora. Aprovechamos sus inclinaciones por la plástica para literalmente “entrar en el mundo del arte”. Los jóvenes comienzan haciendo serigrafía o stickers, pero pronto descubren otros soportes igual de poderosos co­mo el grabado, el video o la instalación, y se dan cuenta de que el graffiti es sólo uno de varios lenguajes para de­cir y expresar las cosas que desean aportar y someter a discusión. Podemos decir que, en los miles de grafiteros de México y del mundo, existe de forma potencial y la­tente un importante movimiento plástico.

Contaré una anécdota más. Un día llegó al Faro de Oriente un joven grafitero llamado Pablo López. Tenía la intención de inscribirse en el taller de serigrafía, pero llegó tarde y no alcanzó cupo. Se dirigió con el coordi­nador de talleres del Faro para ver si existía alguna opor­tunidad de incorporarse a serigrafía. El coordinador le dijo que esperara un trimestre en algún otro taller y que de ahí partiera para serigrafía. Le recomendó grabado, y Pablo le dijo que desconocía todo acerca de este taller, que no le interesaba. El coordinador insistió; lo llevó frente a un tórculo, y le explicó que era un taller que le permitiría estampar y reproducir imágenes a partir de una placa de los más variados materiales (madera, plás­tico, metal o piedra). Pablo por fin aceptó y comenzó a trabajar.

El maestro de grabado, ya en las primeras clases, le en­tregó una placa de madera de 20 por 20 centímetros. Pa­blo estaba acostumbrado a intervenir paredes inmensas, por lo que le reclamó al coordinador de talleres diciéndole que era ridículo pintar en un espacio tan pequeño. El coordinador le dijo que el tamaño no era impedimen­to para hacer un grabado y que utilizara la madera que él quisiera. Al día siguiente, Pablo consiguió un triplay de 2.44 por 1.20 metros y comenzó a trabajar. Era una pa­red distinta para él; su gubia se hundía en la madera construyendo los surcos que daban forma a su obra. El resultado fue muy impresionante; varios murales con temas urbanos de tamaños inmensos fueron realizados por Pablo durante esos años.

Meses después, el grabador y artista plástico Emilio Payán, quien ha trabajado con artistas de la talla de José Luis Cuevas, Alberto Castro Leñero o Gilbeto Aceves Na­varro, entre muchos otros, visitó El Faro y quedó muy impresionado al ver aquellos graffitis-grabado-murales de Pablo López. Lo invitó a su taller con la intención de realizar impresiones de tamaño monumental en un tórculo especial a la medida de aquellas placas gigantescas. Nuevamente el resultado fue reconfortante y aquella prime­ra obra callejera se había convertido ya en otra obra.

Actualmente Pablo López es tallerista en El Faro de Oriente. Pasaron cuatro años antes que aquel joven pu­diera convertirse en instructor; ahora habla y trabaja con otros grafiteros en busca del enriquecimiento de esta pro­puesta estética e indagar nuevos caminos para la expre­sión y el arte.

 

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Comienzo a concluir con algunas reflexiones sobre el papel del Estado y de los gobiernos en relación con este movimiento y algunas recomendaciones.

Tenemos que acostumbrarnos al graffiti; llegó para quedarse y de nada sirve criminalizarlo o amenazarlo de muerte.

  • La autoridad pública debe interesarse mucho más en los motivos y fundamentos que procuran este movimiento; debe preocuparse de su comprensión y comu­nicación con él y, dentro de lo posible, su negociación.
  • Es necesario abrir espacios de expresión para jóvenes con la finalidad de diversificar y multiplicar los lugares de conversación y encuentro.
  • Es necesario sensibilizar más a la sociedad para abor­dar de mejor manera este fenómeno, evitando actos de xenofobia y racismo debidos a la incomprensión o a la ignorancia.
  • Invitemos a las crew y colectivos a desarrollar nuevas formas de expresión callejera, quizá de una forma más organizada y sistemática para recuperar el espacio público.­ Demos color a nuestras grises ciudades, los grafi­teros deben contribuir a la transformación de las calles y a la nueva significación de los espacios para los vecinos y transeúntes, procurando un nuevo sentido de perte­nencia del barrio y considerarlos espacios creativos y propios.
  • Promovamos encuentros entre las crew y colectivos de graffiti con las comunidades de artistas locales e internacionales.

Este movimiento es una forma de expresión y un fenó­meno social que existe en las ciudades más importantes del mundo. Su vitalidad y rebeldía son un activo para la so­ciedad y no un problema. Cada forma nueva de expre­sión conlleva una crítica y un mecanismo de renovación y vitalidad para las sociedades. El graffiti es, sin lugar a dudas, una expresión de la vida contemporánea que debemos apreciar y promover. Este movimiento hace más fuerte a la sociedad —no la debilita—; la energía juvenil que trastoca las formas tradicionales de comprender el mundo es nuestro principal valor social.

 

Este artículo fue publicado en el número 6 de la versión impresa de UIC Foro Multidisciplinario de la Universidad Intercontinental

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  1. Luisa Herse
    Responder

    Hola Benjamín,

    leí tu artículo porque alguien lo posteó en facebook en un grupo sobre revistas culturales y tengo que comentarte que yo también he hecho investigación sobre graffiti y lo que señalas me parece muy pobre en términos conceptuales. Considero que es muy discutible que el graffiti sea “una forma de comunicación” porque un tag o una bomba no comunica nada a quien no conoce el código, está dirigido a otros graffiteros y graffiteras que lo practican. Veo que al usar el término “adolescentes” estás entendiendo a la juventud no como un proceso sino como una edad y eso también afecta tu análisis sobre el fenómeno. Por otro lado, ninguna de las imágenes que presentas es de graffiti, todo eso es parte del arte urbano, como debes saber. Decir “graffiti callejero” es un terrible pleonasmo porque el graffiti es y será, una expresión que encontró, tanto en medios móviles como en las paredes de las calles su soporte por definición. Con gusto te envío mi tesis de maestría y te invito a consultar la siguiente bibliografía:
    Castleman, Craig (1982). Getting Up: Subway Graffiti in New York, Cambridge, The MIT Press, Traducción al español (1987). Los graffiti, Madrid, H. Blume. Traducción de Pilar Vázquez Álvarez.
    De Diego, Jesús (1997). “La estética del graffiti en la sociodinámica del espacio urbano”, tesis de licenciatura en Historia del Arte, Zaragoza, Universidad de Zaragoza.
    Dokins, Said (2008). “Graffiti” en Laura García, Desbordamientos de una periferia femenina, México, Sociedad Dokins, A.C., pp. 22-25.
    Hernández Herse, Luisa Fernanda (2013). “Las mujeres no pintan”, Identidades de jóvenes creadoras de graffiti en México, tesis para obtener el grado de Maestra en Estudios de la Mujer, México, Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Xochimilco.
    Mendoza Olvera, Víctor Manuel (2011). “Graffiti: construcción identitaria juvenil en la ciudad de México”, tesis de licenciatura en Sociología, México, Facultad de Estudios Superiores Acatlán, UNAM.
    Reguillo Cruz, Rossana (2000). Emergencia de culturas juveniles: estrategias del desencanto, Bogotá, Grupo Editorial Norma.

    • Camilo de la Vega
      Responder

      Luisa Herse:

      En primer lugar, la revista Foro UIC agradece tu atenta lectura del artículo. Sólo quisiéramos precisar que las imágenes que acompañan al texto no son elección del autor, sino de los editores de este espacio. Tomamos nota de tus acertadas observaciones; siempre se agradece el punto de vista de un experto en el tema, que nos ayude a mejorar este espacio de divulgación. Por último, comentamos que este artículo apareció originalmente en una versión impresa de la revista, por lo que los editores decidimos incluirlo, pues, según nuestros criterios, el tema sigue y seguirá vigente. Saludos.

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