Por Angélica Monroy López  |

[quote style=”boxed”]Hablamos sobre los recursos naturales como si todo tuviera una etiqueta con el precio. Pero no podemos comprar los valores espirituales en una tienda. Las cosas que estimulan nuestro espíritu son intangibles: los viejos bosques, un río claro […] el silencio sin ruido de motores. George B. Schaller (uno de los biólogos de campo más destacados en la actualidad)[/quote]
En estos tiempos, pensar en la Naturaleza y en la cultura ecológica por lo regular nos remite a los grupos, empresas o instituciones “verdes” con iniciativas para la protección de las especies, el medio ambiente y los recursos naturales, al Protocolo de Kioto (1992)  o incluso a películas catastrofistas como El día después de mañana donde, con espectaculares efectos, se nos presenta un brusco cambio climático con consecuencias devastadoras para el planeta; asimismo, se nos viene a la mente el  documental de Al Gore An Inconvenient Truth (Una verdad incómoda), que incluso ganó un Oscar en 2007 al abordar el tema del calentamiento global.

 

Sin embargo, es tanta la información y está tan de moda el tema que, en ocasiones, nos llega a parecer una exageración: ¿qué tiene que ver con nosotros la protección de las ballenas, sobre todo si el lugar donde vivimos se encuentra alejado del mar?, ¿qué nos importa que se derrame el petróleo en el Golfo Pérsico o que suba dos grados centígrados más la temperatura dentro de unos años? Y de ahí podemos derivar a otra pregunta: ¿qué tengo que ver yo con la ecología? Y es, precisamente, ese sentido de distancia y de no pertenencia el que nos hace que continuemos inmersos en nuestras miles de ocupaciones sin concedernos el tiempo necesario para reflexionar en que, como dicen, “la Tierra no nos pertenece; nosotros pertenecemos a la Tierra”.

 

Como señaló en 2009 el rector de la Universidad Bicentenaria de Aruagua, Venezuela, José Gerardo Guarisma: “Para despertar en nosotros una conciencia ecológica, hace falta reflexionar profundamente sobre el sentido que tiene toda forma de vida para nosotros, y en primer instancia, la nuestra”. Y es que resulta muy fácil culpar a los demás de nuestra indolencia: si no somos capaces de cuidar como se debe de nosotros mismos, ya es mucho pedir preocuparse por el medio ambiente que nos rodea y, menos aún, del panorama que heredaremos a nuestros hijos. Así, nos parece que no hay ningún problema si dejamos el celular encendido durante toda la noche, si dejamos correr el agua de la regadera mientras nos bañamos, si arrojamos una envoltura o un chicle masticado al piso y no al bote o, peor todavía, si ni siquiera clasificamos la basura (¡qué flojera!, no acomodamos nuestros cajones y encima se nos pide que nos entretengamos acomodando la basura). En este punto aparece el principio de responsabilidad individual y, más allá, el de responsabilidad intergeneracional, esencia de la famosa sostenibilidad de la que ya se hablaba en el siglo pasado y que ahora, más que nunca, es indispensable para prolongar la permanencia del ser humano en nuestro planeta.

 

Quizá uno de los problemas principales es ese distanciamiento entre lo que sucede “fuera” de nuestra casa y de nuestra persona y lo que ocurre con sólo salir a la calle. Si consideráramos como propio, como nuestro hogar, el medio ambiente, tal vez lo cuidaríamos un poco más. ¿Qué ocurre cuando invitamos a alguien a nuestro hogar? ¿No lo arreglamos, lo dejamos agradable y acogedor? Eso mismo debemos pensar con nuestro planeta, aunque, en este caso, las visitas serían las generaciones venideras. En lugar de vivir quejándonos del deficiente papel del gobierno —en este caso, en el ámbito ecológico— o del compañero de trabajo o del vecino que deja su basura en una esquina para no tenerla en su casa, deberíamos asumir nuestra responsabilidad como habitantes de la Tierra. Una vez más, nuestro ejemplo representa la base fundamental para dejar una huella positiva en nuestro paso por este mundo.

 

Valores como responsabilidad, solidaridad y respeto deberían ser la consigna de todos los que contribuimos con nuestro granito de arena a hacer de este lugar en el que estamos ahora un lugar mejor y más habitable para nosotros y para los demás. A veces pensamos que con apagar la luz cuando no la estamos usando, usar una cubeta para lavar nuestro auto o clasificar la basura es suficiente, pero no es así, pues continuamos teniendo un horizonte muy limitado en nuestras acciones.

 

¿Qué más podemos hacer? Muchas cosas; entre ellas, empezar por nuestra persona: reforzar nuestros hábitos personales de limpieza en nuestro hogar, oficina o los lugares que frecuentamos, incluyendo las calles: no es lo mismo arrojar un papel y que caiga a un lado del cesto, que depositarlo dentro. Asimismo, debemos respetar las normas de cuidado ambiental (área de fumadores, levantar las heces fecales de nuestras mascotas, por ejemplo). Una más: reportar las deficiencias del servicio público de limpieza y las anomalías que surgen por la falta de conciencia de personas, empresas o instituciones.

 

Y no se trata de participar “de dientes para afuera”, para que vean cuán ecologistas somos, en marchas o protestas de Greenpeace o de cualquier otra organización “verde” si no somos capaces ni de dejar el automóvil sólo para ir a la “tiendita de la esquina”. Kofi Annan, ex secretario de Naciones Unidas (1997-2006) y merecedor del Premio Nobel de la Paz en 2001, advierte que “salvaguardar el medio ambiente […] Es un principio rector de todo nuestro trabajo en el apoyo del desarrollo sostenible; es un componente esencial en la erradicación de la pobreza y uno de los cimientos de la paz”.

 

Por lo tanto, la conciencia ambiental va más allá de una moda y debemos aprender a reconocer, valorar y usar de manera adecuada los recursos naturales, emprender acciones encaminadas al reciclaje y a la reutilización, así como minimizar la compra de productos que no necesitamos con el propósito de fomentar el consumo ambientalmente responsable.

 

En ese sentido, la Comisión Federal de Electricidad ha emitido algunas recomendaciones entre las que se encuentran las siguientes:

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  1. Apagar los focos cuando no se utilicen y emplear focos ahorradores, así como pintar el interior de la casa con colores claros.
  2. Colocar el refrigerador alejado de la estufa y fuera del alcance de los rayos del sol; comprobar que la puerta cierre perfectamente.
  3. Mantener siempre limpios el horno eléctrico y el tostador.
  4. No dejar encendidos estéreos, televisiones u otros aparatos eléctricos cuando nadie los está usando.
  5. Comprobar que la instalación eléctrica no tenga fugas. Para ello, desconectar todos los aparatos eléctricos, apagar todas las luces y verificar que el disco del medidor no gire. Si lo hace, debe revisarse la instalación.

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En su mayoría, los problemas ambientales no son resultado de la fatalidad: están relacionados con intervenciones humanas. Hagamos lo que nos corresponde.

[quote style=”boxed”]“Tú debes ser el cambio que deseas en el mundo” (Mahatma Gandhi).[/quote]