Por: Javier Curiel Sánchez  |

 

El combate al narcotráfico hasta ahora ha sido un desastre a escala global. A la sociedad se le obliga a entablar un falso debate sobre las drogas poniendo a la moral y la salud como sus principales argumentos; y nadie en su sano juicio cuestionaría esto, sin embargo es tan sólo un tratamiento superficial que nos desvía de los motivos reales que impulsan esta industria. Para lograr detenerla, comencemos por preguntarnos quién gana con el negocio del narcotráfico. Valdría la pena recordar las palabras del infame Garganta Profunda: “Follow the money”, y así, vislumbrar el complejo entramado que tenemos frente a nuestras narices.

 

Una industria próspera

 

La prohibición en Estados Unidos en los años veinte es un gran ejemplo de mercadotecnia; si se desea que un producto común sea altamente deseado y cotizado, basta prohibirlo. Según datos de Eduardo Buscaglia, investigador de la Universidad de Columbia y presidente del Instituto de Acción Ciudadana, el negocio del narcotráfico en México es más grande que la industria petrolera. Emplea tres veces más personas que Pemex y ha infiltrado 78% de los sectores productivos. Esto nos da una idea clara del porqué no se puede detener o no se quiere detener a los grupos que están detrás. Pero el mayor problema se localiza justo del otro lado del Río Bravo, porque las mayores ganancias de cualquier negocio están en la comercialización, y las drogas no son la excepción. Según datos de Oficina de las Naciones Unidas para la Droga y el Crimen, el negocio de las drogas en Estados Unidos es de 145 mil mdd. Así, se comprende porqué en el vecino país del norte tampoco se puede o no se quiere detener al narcotráfico. Dicho así, si de la noche a la mañana lograra detenerse a esta industria, ya sea, por ejemplo, permitiendo que la producción fuera legal y por consecuencia el costo de la droga se desplomara, provocaría que el negocio fuera inviable y estaríamos frente a un problema económico de proporciones catastróficas de escala global. Desaparecerían los miles de millones de dólares que “aceitan” nuestra economía, la de Estados Unidos y el mundo, así como los negocios y puestos laborales que dependen de ello. Esto incluye, entre otros, al sector financiero y a la industria armamentista, que están profundamente inmiscuidos en este entramado. Tiene mucho sentido el  preguntarse si los supuestos esfuerzos, tanto del país vecino del norte como del nuestro, para detener el narco, el lavado de dinero y el tráfico de armas, no son sino parte de una pantalla para desviar la atención de los grupos económicos involucrados.

 

Cuales sí, cuáles no

 

Los gobiernos y sus representantes han hecho énfasis en los daños que las drogas provocan a la salud y a la sociedad para mantener su postura anti legalización; sin embargo, existen reportes científicos como los de  David Nutt, psicofarmacólogo del Imperial College London que comprueban que el alcohol y el tabaco son mucho más dañinos que la marihuana. Sin que sea su propósito, Nutt pone en entredicho las políticas gubernamentales y el poco conocimiento que los dirigentes políticos tienen sobre el tema. Bastaría un enfoque científico para plantear qué drogas sí son permitidas y cuáles no, y es probable que desde esta perspectiva, hoy tendríamos anuncios de cigarrillos de marihuana y no de tabaco. No olvidemos que las drogas son tan antiguas como la misma civilización y que su uso, ya sea como plantas, hongos o fermentaciones, estaba ligado a las prácticas rituales espirituales,  medicinales o sociales; es a partir de la época moderna cuando el uso de sustancias que alteran la conciencia son cuestionadas, prohibidas y satanizadas.

 

También, los políticos y autoridades han argumentado que el papel del gobierno consiste en proteger a sus ciudadanos de aquello que los dañe. Pero, como dice Milton Friedman, si somos nosotros quienes decidimos hacernos daño consumiendo drogas, el gobierno está atentando contra la libertad individual (estamos haciendo mal uso de nuestra libertad, pero ésa es nuestra decisión). Por otor lado, si ese argumento fuera válido, el gobierno también debe protegernos de la comida rápida, los autos de ocho cilindros y la televisión abierta. Se contraargumenta que el gobierno está protegiéndonos de la violencia que proviene del narcotráfico, pero ésta es producto de la prohibición, no de la actividad misma. Y retomo el ejemplo de la prohibición de los veinte en Estados Unidos: la violencia surgió a partir de la prohibición, no fue consecuencia del negocio del alcohol.

 

Así, se malgastan muchos recursos humanos y económicos en el combate violento contra el narcotráfico, bajo la premisa impuesta desde Washington según la cual, para acabar con la demanda, hay que terminar con la oferta. Resulta irónico, porque dicha propuesta proviene del país capitalista por excelencia, cuyos principios económicos están desarrollados con base en una premisa contraria. Pero el dispendio no termina ahí: otro tanto de los recursos se destina a la investigación científica sobre las drogas, una parte menor se asigna al tratamiento de los adictos, y menos aún se destina a detectar y acabar con el lavado de dinero. Pero lo más grave y alarmante es que la fracción más pequeña es la asignada a la educación; ésta, que con certeza tiene las mejores posibilidades de éxito para acabar con el problema, prácticamente está relegada de la ecuación.

 

Educación, educación y más educación

 

Como ya se dijo, el único elemento con posibilidad de liberar a la sociedad del yugo de las adicciones es la educación. Pero también ésta debe buscar un nuevo ángulo de visión sobre el problema, porque no basta mostrar a un grupo de mentes jóvenes el efecto de las drogas, pues hasta ahora eso no ha servido de mucho para disuadirlas del consumo.

 

Existen estudios que, sin rodeos, explican cuáles personas son más susceptibles de consumir drogas, y bajo que condiciones socioeconómicas, familiares y emocionales son más fáciles de tornarse adictas. En décadas recientes, hemos podido ampliar nuestra visión respecto de lo que puede generar adicción y se ha revelado que el ser humano tiene la tendencia a engancharse a una infinitud de cosas, lo que hace necesario replantear nuestra opinión sobre el tipo de sustancias que llamamos drogas y el origen de la adicción. Tal vez descubramos que en la sociedad hay una especie de hambre interior que, ni los avances de la ciencia, ni las comodidades del mundo moderno han podido saciar; es más, al parecer la han aumentado, impulsándonos compulsiva y subrepticiamente hacia la dependencia de lo que tengamos al alcance y esto debería ser nuestro punto de partida para solucionar el problema de raíz.

 

http://www.ejecentral.com.mx/el-impacto-economico-del-narcotrafico-en-mexico/

http://www.eluniversal.com.mx/nacion/172966.html

http://www.elcato.org/la-economia-del-narcotrafico

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=142240