Por Jesús Ayaquica Martínez  |

 

Este nuevo enfoque en el desarrollo humano quiere alcanzar estados de equilibrio afectivo en las personas a semejanza del que se pretende con el medio ambiente. ¿De dónde surge esta preocupación que equipara nuestra salud mental con la ecología?

Si bien la cuestión ambiental y los problemas relativos al entorno natural han estado presentes a lo largo de toda la historia humana, sobre todo en época de desastres, la preocupación sistemática y la conciencia social por tales asuntos han cobrado un inédito protagonismo en los últimos tiempos. La aparición de la propia palabra “ecología” es de data reciente; se remonta a 1869, autoría de Ernst Haeckel, biólogo, zoólogo y médico alemán, quien al tratar de exponer la interdependencia y la solidaridad  entre los seres vivos y el medio ambiente eligió un término cuya etimología hace referencia a la morada donde habitamos (ecología viene de las voces griegas oikos: casa y logos: estudio o tratado).

No puede menos que provocar asombro esta elección de conceptos, pues mientras en las milenarias tradiciones religiosas y culturales de numerosos pueblos del mundo, el medio ambiente está relacionado de modo inseparable con el ser humano, incluso emparentado con él —así se habla de la madre tierra o de la hermandad con animales o vegetales—, en cambio, en el contexto científico sólo hasta hace menos de 150 años se ha dado al entorno natural el tratamiento y la consideración de nuestro hogar.

Desde la perspectiva griega clásica, la casa era la construcción material que habitamos, pero también el grupo de personas que ahí encontramos, los vínculos que establecemos con él e incluso el conjunto de las reglas que norman nuestras interacciones y el constructo general de elementos simbólicos que nos definen como humanos. Así, la naturaleza representa el ámbito por excelencia en el que el ser humano puede sentirse como en su propia casa.

No obstante, nuestro hábitat contemporáneo se halla en una situación de desequilibrio y maltrato, debido a los estropicios humanos. La acción depredadora que ve en la naturaleza sólo una fuente de recursos que explotar y la poca responsabilidad para cuidar la armonía del entorno que se usufructúa han ocasionado catástrofes ambientales que, si bien se condenan masivamente en los medios, se repiten con frecuencia en todo el mundo ante la mirada cómplice de los gobiernos y la impotencia de los organismos locales e internacionales para evitarlas de manera efectiva.

No es casual que hoy en día algunas de las peores amenazas a corto y mediano plazo para la existencia humana global estén vinculadas con efectos derivados del daño ocasionado a nuestro planeta. Del mismo modo, se insiste como nunca en el hecho de que el deterioro ambiental está directamente relacionado con la severa crisis de sustentabilidad económica por la que atraviesan la mayoría de las naciones. En varias colonias de nuestras ciudades, la contaminación ha alcanzado tales niveles que en la mentalidad de sus habitantes se presenta como el problema más urgente a resolver, incluso sobre la inseguridad o la falta de oportunidades de trabajo.

Quisiera, sin embargo, aprovechar este espacio para llamar a la reflexión acerca de un tópico genuinamente ecológico, pero en sentido inverso, por decirlo de alguna manera. Hasta hace muy poco tiempo se ha empezado a hacer conciencia de la necesidad de plantearse el tema inverso: la protección personal necesaria en el ámbito de la relación que establecemos los habitantes contemporáneos con una naturaleza enferma; el cuidado individual y colectivo requerido ante nuestra interacción con un entorno lesionado, con una casa que se ha convertido en una fuente de amenaza para nuestra integridad personal.

A mi juicio, este representa uno de los temas ligados al cuidado ambiental que más recientemente ha cobrado importancia y merecido una creciente y profunda reflexión en distintos ámbitos de la psicología y el desarrollo humano, al punto de dar lugar a la noción de ecología emocional. De acuerdo con Jaume Soler y María Mercè Conangla, quienes acuñaron el término en el texto del mismo nombre —publicado en 2010— y fundadores del Institut D’ecologia emocional (http://www.ecologiaemocional.org/) con sede en Barcelona, este término designa el “arte de gestionar, de manera sostenible, nuestro mundo emocional de forma que nuestra energía afectiva nos sirva para mejorar como personas, para aumentar la calidad de nuestras relaciones y para mejorar el mundo en que vivimos.” El objetivo de este planteamiento, cristalizado incluso en un diplomado ofrecido en dos universidades españolas, es la formación de un nuevo modelo de sujeto: la persona emocionalmente ecológica.

Dos razones fundamentales me parecen estar en la base de que el asunto afectivo ocupe un lugar primordial en los pensamientos ambientalistas contemporáneos. En primer lugar, el hecho mismo de que el estilo de vida moderno ha catapultado el aspecto emocional a niveles inusitadamente importantes en la existencia de las personas. En mi artículo Violencia digital, (http://es.scribd.com/doc/133907755/Revista-UIC-28) señalé, siguiendo las ideas de Melinda Davis, que una de las consecuencias más importantes del avance de la tecnología aplicada a los medios de comunicación es que nuestra interacción con el mundo se encuentra electrónicamente mediada en un porcentaje sin precedentes: buena parte de nuestra actividad laboral, numerosas transacciones económicas, casi todos los medios para informarnos y buen número de las relaciones que establecemos con nuestras personas queridas, se realizan con la intervención de artefactos electrónicos. Esta condición ha determinado un cambio fundamental no sólo en el estilo de vida de las personas, sino en nuestras estrategias personales básicas para relacionarnos con la realidad.

La vida moderna acontece de modo privilegiado en espacios mentales. En este estado de cosas, no resulta sorprendente el hecho de que nuestro equilibrio psíquico represente una de las preocupaciones más importantes para el ser humano de nuestra época. El temor de volvernos locos y la búsqueda del equilibrio emocional son, para cada uno, asuntos de primer orden que dirigen nuestras decisiones cotidianas y la manera en que invertimos nuestro tiempo y nuestros recursos económicos, por ejemplo. Hoy más que nunca, nuestras estrategias para mantener una vida emocional saludable constituyen aspectos elementales ligados a la idea de nuestra supervivencia básica como individuos y como sociedad.

En segundo lugar, el vínculo entre ecología y emociones puede explicarse a partir del significado mismo de este último concepto. En su raíz etimológica, emoción proviene del verbo latino emovere, que hace referencia a movimiento. Las emociones suelen entenderse como un estado afectivo que experimentamos como reacción subjetiva al ambiente, acompañado por una serie de cambios orgánicos —fisiológicos y endócrinos— algunos de ellos de origen innato, si bien influidos por la experiencia que suscita la emoción. No obstante, este aspecto reactivo de las emociones representa sólo la mitad de su naturaleza y con frecuencia se pasa por alto el hecho de que tienen una función adaptativa, es decir, están diseñadas como parte de nuestro equipamiento natural ligado a la supervivencia de la especie.

En efecto, las emociones no sólo indican reacciones internas provocadas por la influencia del ambiente, sino de modo fundamental, son estados internos que dirigen la respuesta que un individuo ofrecerá ante una situación dada. Nuestra conducta está motivada por nuestras emociones en un nivel que no podemos subestimar.

Sólo en la medida en que logremos una vida emocional más equilibrada, estaremos en condiciones auténticas para responder de manera adecuada a los retos que plantea una relación verdaderamente ecológica con nuestro entorno vital.

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  1. Brenda Loza
    Responder

    Gracias Dr. Ayaquica, estoy de acuerdo con usted, me parece muy interesante el artículo. Es importante comprender la importancia que tiene el equilibrio de nuestras emociones, para conseguir una conducta que responda y participe favorablemente en la comunicación y convivencia con nuestro alrededor, compartir no solo con los seres humanos, sino con otras especies como las plantas y animales que también habitan este planeta y tienen derecho a vivir, incluso ante la velocidad y la constante destrucción masiva de la humanidad que a su paso deja escasez y deterioro de recursos. Es decir que como habitantes que compartimos el mismo espacio, estamos obligados a cuidar la conservación de vida de las diferentes especies, porque al extinguirse unas se extinguirán otras y así sucesivamente.

    • Jesús Ayaquica Martínez
      Responder

      Muchas gracias, Brenda, por tus comentarios. Efectivamente, el cuidado atento y efectivo del medio ambiente, solo es posible a partir de una sana y amorosa relación con uno mismo. Te mando un gran saludo.

  2. Brenda Loza
    Responder

    Gracias Dr. Ayaquica, estoy de acuerdo con usted, me parece muy interesante el artículo. Es importante comprender la importancia que tiene el equilibrio de nuestras emociones, para conseguir una conducta que responda y participe favorablemente en la comunicación y convivencia con nuestro alrededor, compartir no solo con los seres humanos, sino con otras especies como las plantas y animales que también habitan este planeta y tienen derecho a vivir, incluso ante la velocidad y la constante destrucción masiva de la humanidad que a su paso deja escasez y deterioro de recursos. Es decir que como habitantes que compartimos el mismo espacio, estamos obligados a cuidar la conservación de vida de las diferentes especies, porque al extinguirse unas se extinguirán otras y así sucesivamente.

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