Por Manuel Guillén  |

Un aspecto fundamental del estado civilizatorio de la Modernidad (proceso sociológico que comienza en Europa en el siglo XVII y que ha incluido grandes modificaciones económicas, políticas y culturales en relación con el mundo antiguo), que ha hecho posible la adicción a las drogas, es la banalización de la vida cotidiana. Es decir, el allanamiento del mundo de la vida. La devastación intelectual de sus bordes ultramundanos, la afirmación y confirmación de que poco o nada existe más allá de la maraña del mundo cotidiano.

Esta banalización no debe interpretarse como negativa, sino compleja. De hecho, uno de los logros más importantes de la Modernidad ha sido el cuestionamiento y posterior dilución de la metafísica antigua, incluyendo la imaginería teológica que le era propia. De esta manera, se consolidó el asombroso acontecimiento moderno de realizar un corte sustancial entre lo empírico, desde entonces considerado como fuente de la verdad, y lo místico, desde entonces considerado como acto de fe (por definición, no comprobable) o franco desvarío. A partir del siglo XVII, y con acelerada velocidad de acumulación en los siglos posteriores, todo lo que es el caso, verdaderamente, ha de pasar por el método científico: observación y matemáticas. En breve, el mundo que parte de los sentidos es todo el mundo posible.

Así, por “banalización” entendemos el proceso sostenido de hacer del mundo terrenal todo lo que es el caso. Con esto, se ha cancelado la posibilidad tradicional de huir del mundo hacia un exterior metafísico cuando el agobio de lo terrenal es ya insoportable. Monjes, estados de gracia, éxtasis de consciencia, meditaciones, ritos naturalistas, han quedado dislocados en la época moderna. Su posibilidad de existencia se ha extinguido y sólo sobreviven como simulacros mercantiles potenciados mediáticamente aquí y allá alrededor del mundo. No obstante, el agobio y la necesidad de huida del mundo prevalecen. Así, en su ensayo “¿Para qué drogas? Sobre la dialéctica de huida del mundo”, el filósofo y pensador alemán Peter Sloterdijk  se pregunta: “¿Cómo se las arreglan los sujetos modernos con sus tendencias a cambiar de elemento cuando las ‘vías’ anacoreta, monástica o psicoteológica ya no están abiertas?” Y responde contundente: “el medio de hacer llevadera la vida dura, demasiado dura, en las escabrosas relaciones de las denominadas culturas avanzadas [en las que] los hombres se esfuerzan por manipular el peso del mundo que se ha hecho desproporcionadamente agobiante; y así es como lo comparten y soportan de consuno, lo reducen restringiendo necesidades, se lo cargan a otro, lo olvidan y lo relegan al letargo, especialmente con ayuda de estupefacientes”.

Una de las paradojas de la Modernidad es justamente ésta. Junto con el progresivo desencantamiento del mundo, producto de una apertura sin igual de los mundo macro y microscópicos por medio del conocimiento científico, la racionalización de la comprensión del mundo de la vida, el alejamiento de la superstición, y la atenuación del mito; todo aquello que, en suma, hemos considerado como progreso de la mente humana, se ha verificado también la dependencia sin igual a los psicotrópicos como mecanismos de negación y escape de ese mundo antimetafísico, postreligioso y desencantado.

Continúa Sloterdijk: “Ahora se abre el camino al consumo privado y profano de drogas y, en cuanto se pone el pie en él, se va a caer, casi irremisiblemente, en el agujero de la adicción”. Cuando esto ocurre, la más (literalmente) embriagadora y aterradora de las relaciones se verifica: “Una de las lecciones trágicas de la droga es que prohíbe al hombre una relación privada con aquello que sojuzga. Y es que, en condiciones de consumo privado, toda sustancia psicotrópica acaba por cumplir, tarde o temprano, la definición de lo demoniaco. En la relación con el demonio, pierde el sujeto su voluntad en favor de su más poderoso socio… El camino a la actuación de tensiones desde el campo de fuerza del masoquismo primario está abierto; el sujeto se hace dependiente de elevados deseos de aniquilación y del sentimiento embriagador de combustión acelerada. (Incluso se podría decir que, en la Modernidad, los adictos se diferencian de los sobrios sólo en que aquellos se han decidido por una alta velocidad de autodestrucción.)”

A la luz de estas penetrantes y descarnadas observaciones de Sloterdijk, puede hacerse mínimamente comprensible por qué el asunto de las drogas, su producción, venta, consumo y adicción es inherente a la Modernidad y su sucedáneo histórico postmoderno, y no tendrá camino de resolución, sino con el cierre de la propia época moderna y contemporánea. O, en palabras más simples, drogadicción y civilización moderna son inseparables.

Si el agobio del mundo es el motor principal del consumo de drogas como medio para el olvido o el mitigamiento del mismo, la realidad social actual no hace sino expandir dicha circunstancia. En dos ámbitos principales esto se verifica: en el nivel psicológico y en el nivel sociológico. En el primero, se presenta como las diversas variantes de la ansiedad de no pertenencia, desubicación, estrés, masificación y temores de disolución personal ante la aceleración del mundo de la vida y su prótesis tecnológica. Esto ocurre en toda la escala del conjunto social, prácticamente sin diferencias de clase económica. En el segundo, se encuentra el irresoluble problema de la desigualdad social, que es parte inherente de la configuración del sistema-mundo capitalista contemporáneo (Wallerstein). Con ella, se dan la exclusión y la alienación. Es decir, el aislamiento estructural de cantidades ingentes de población mundial que tienen proscritos los numerosos beneficios que el modo de producción capitalista genera en todos los ámbitos de la vida cotidiana (de la salud a la cosmética; de la educación al esparcimiento). Quizá no haya peor sobrecarga del mundo que la que se verifica en aquellos enclaves humanos excluidos de las fuentes de la riqueza productiva y sus innumerables bienes de consumo, tangibles e intangibles. Tal ha sido el germen mayor de la violencia endémica, la turbulencia social, la creciente deshumanización de las personas y, por supuesto, el negocio del narcotráfico global, que permea a la totalidad del organismo social.

En resumen, la drogadicción como fenómeno universal es parte inseparable del desarrollo social contemporáneo. Históricamente, el énfasis en las autodescripciones de la Modernidad fue puesto en la evolución tecnocientífica, en la expansión del dominio humano sobre lo naturaleza y en la conquista del territorio de la mente del hombre por medio de la cultura. No obstante, está aún por realizarse la descripción puntual, pormenorizada y certera de todas aquellas dinámicas humanas que afirman el rechazo a la circunstancia actual, que propugnan por la búsqueda de la otredad del presente, que intentan huir del lugar asignado por la sociedad; que intentan, al cabo, efectuar la evasión, la fuga de sí, incluso cuando para lograrlo tengan que aniquilarse a sí mismos por medios químicos.

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  1. Johannes
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    Las drogas naturales, al estar presentes en la naturaleza, han sido utilizadas como “puentes” hacia entornos metafísicos y transmundanos. Los chamanes de la antiguedad veían en los psicotrópicos pasajes y atajos para estar más cerca de lo divino.

    Interesante lectura; no es coincidencia que en una época en la que lo tangible pareciera sepultar lo metafísico, muchísima gente de todas partes del mundo, de cualquier clase y con cualquier creencia consuma cualquier cantidad de sustancias. Se alimenta hoy en día la mente, pero se nos olvida muchas veces que el espíritu también debe ser cultivado.

    La adicción, sin embargo, no está delimitada solamente a las drogas como tal; cualquier cosa (amor, trabajo, sexo, comida) puede convertirse en una sustancia adictiva, si llena el vacío de la persona, o le hace creer que así sucede. Marilyn Manson lo dice muy bien en “I Don’t Like The Drugs…” “There’s a hole in our soul that we fill with dope, and we’re feeling fine” (hay un hoyo en nuestra alma que llenamos dopándonos, y nos sentimos bien).

    En mi experiencia, el adicto busca llenar vacíos, el cosumidor ocasional mitigar la abrumadora experiencia que le produce la cotidianeidad contemporánea, mientras que el sobrio sólo miente y oculta sus vicios detrás de una máscara de ecuanimidad.

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