Por Ramiro Alfonso Gómez Arzapalo  |

 

El sistema religioso que operaba en las distintas culturas mesoamericanas en la época prehispánica fue paulatinamente desmembrado una vez consumada la conquista, pero la actividad agrícola —básica en la época prehispánica— continuaba siéndolo en la Colonia. En ese nivel de cultura agrícola, los rituales propiciatorios y, en general, de todo el ciclo de cultivo, siguieron practicándose, aunque con obvias modificaciones. Los aires, la lluvia, el cerro, el maíz mismo, siguieron tratándose como un Tú y no como materia despersonalizada; pero ya no estaban solos como entidades numinosas, sino que las comunidades fueron integrando a ciertos santos católicos, que por su iconografía o sus atributos, fueron —y siguen siendo— considerados útiles en el proceso productivo agrícola, de acuerdo con su cosmovisión. La Cruz, Dios Padre, la Virgen, etcétera, son, de igual forma, refuncionalizados y se integran a este complejo cosmovisional indígena no como foráneos, sino como autóctonos.

 

La vivencia religiosa de los pueblos indígenas incorpora los elementos de su cosmovisión expresada en la praxis ritual, la cual se entiende en ese contexto y no en otros, pues la selección que la configura depende de las vivencias históricas concretas de una determinada comunidad. Así pues, lo que hemos asentado en este escrito cobra sentido en el contexto campesino de las comunidades de ascendencia indígena en México que han conservado la actividad agrícola —preferentemente del maíz— como elemento imprescindible de su vida cultural. Sembrar maíz no es un negocio —de hecho la mayoría de estas comunidades lo siembra y cosecha para autoconsumo—; es una actividad que se asocia con la tierra, el temporal y, a través de ellos, la posición del hombre en este cosmos donde interactúan la naturaleza, los humanos y los entes divinos.

 

De esta manera, las imágenes de los santos en las comunidades campesinas de origen indígena fueron reinterpretadas de acuerdo con la cosmovisión propia de los pueblos donde se implantaron, con lo cual se alejaron considerablemente de la explicación piadosa del clero para ser adoptados como nuevas entidades divinas cuyas funciones específicas corresponden a las necesidades históricas concretas de los hombres que les rinden culto, incorporándose con otras personalidades de carácter igualmente divino que definitivamente no provienen de la explicación cristiana, sino que corresponden a una concepción mesoamericana. Dicha concepción hunde sus raíces en tradiciones indígenas ancestrales, donde la naturaleza y el hombre no son considerados uno como amo y la otra como materia dispuesta al uso indiscriminado, tal como ocurre en la concepción occidental, sino que tanto el ser humano, como los entes y fuerzas naturales, e incluso los seres numinosos forman parte de un mismo drama que los engarza a todos en un destino común, lo cual implica la responsabilidad de cada parte por asumir su obligación. De esta manera, el maíz, en las comunidades campesinas de origen indígena en México, es mucho más que un bien de consumo o un producto de beneficio meramente económico. En él se entrecruzan muchos hilos que entretejen la historia e identidad de los pueblos con los que interactúa. Es así como el maíz cobra rostro; más que un Ello, se transforma en un , de modo que se establece una relación de cara a un ser vivo valorado como Padre, Sustento, Vínculo con los antepasados, etcétera.  Divinidad, naturaleza, seres humanos —vivos y muertos— interactuando juntos en derredor del ciclo de esta planta que se convierte en el personaje central de la historia de estos pueblos mediante elaborados y conflictivos procesos de reformulación y reelaboración simbólica, los cuales han posibilitado la permanencia de estas culturas —cohesionadas y diferenciadas—  en un contexto social más amplio y hegemónico que pretende la homologación. Así, el maíz, lejos de ser valorado como mercancía inerte, es el personaje central y corazón palpitante que irriga vitalidad a estos grupos.

 

El maíz es en estos pueblos un vínculo con la tierra, en el sentido más profundo que esta expresión pueda tener; la tierra, no entendida como una determinada extensión que se posee o comercializa, sino la madre que sostiene y da pertenencia. Estamos frente a grupos culturales que se rigen por principios totalmente diferentes a los parámetros culturales occidentales. Por mencionar un ejemplo, en la población de origen nahua de Xalatlaco, en el estado de México, podemos mencionar que el periodo intensivo de fiestas en el pueblo coincide con el ciclo agrícola del maíz, aproximadamente de mayo a noviembre. En este periodo del año se celebra una serie de santos católicos, a saber: san Isidro Labrador (15 de mayo), San Juan Bautista (24 de junio), La Asunción (15 de agosto) San Bartolomé (24 agosto), San Agustín (28 de agosto), Santa Teresa (15 de octubre), San Rafael (24 de octubre). A grandes rasgos, podemos apuntar que en mayo (San Isidro Labrador) se preparan la tierra y las semillas; es el culmen de la estación seca y ritualmente es un periodo de petición de las lluvias necesarias para iniciar el cultivo anual del maíz de temporal. La fiesta de San Juan Bautista, en junio, se ubica aún en el inicio del temporal, por lo que adquiere un tinte de petición del agua cuando se atrasan las lluvias, mientras que adquiere un tono de petición de las “buenas aguas” y “alejamiento del granizo” cuando la estación comienza “temprano” —en mayo—. Las fiestas de los santos comprendidas en agosto (La Virgen de la Asunción, San Bartolomé Apóstol y San Agustín) se ubican dentro del ciclo crítico del crecimiento del maíz cuando ya jilotea, incluso hay elotes, pero aún no madura lo suficiente para garantizar el autoconsumo de grano para el resto del año. Finalmente, las fiestas de octubre (Santa Teresa y San Rafael) se ubican ya en un contexto ritual de maduración de las mazorcas, cercanas a la cosecha, la cual ritualmente está siempre unida a las fiestas de Muertos, en noviembre.

 

No podemos dejar de mencionar el vínculo existente entre las comunidades indígenas contemporáneas y las de antaño, vínculo que no se manifiesta en elementos sobrevivientes intactos a lo largo del curso de la historia, sino como procesos de larga duración, donde la continuidad se entreteje paulatinamente en las estrategias sociales que estos pueblos han ideado y puesto en práctica frente a los diversos embates que han sufrido en cada momento de su historia. En este sentido, uno de esos nexos constantes a lo largo del devenir del tiempo en estas culturas ha sido el cultivo del maíz y todo el complejo cosmovisional que gira en torno de su práctica agrícola.

 

Así pues, en este tipo de comunidades, el maíz es incorporado socialmente como parte del pueblo, y como tal, desarrolla sus funciones sociales desde la particularidad de su ser y posibilidades, las cuales se engarzan con las del ser humano, los entes divinos, los demás seres naturales que llenan el paisaje, dando como resultado este mundo. Desde esta perspectiva cosmovisional, el mundo es tal como lo conocemos, no porque repita leyes eternas inscritas en la sucesión de acontecimientos, sino porque es una red de colaboraciones entre animales, plantas, seres humanos y entes divinos. En esa red, el maíz ocupa un lugar destacado como personaje primordial que posibilita este drama cósmico.

 

Aquello hacia lo que estamos llamando la atención del lector es a considerar la diferencia de las culturas indígenas en relación a la cultura nacional hegemónica. Partamos de que las culturas indígenas, que se desarrollaron desde la época prehispánica en una continua interacción en el territorio que hoy es México, después de la conquista, fueron vistas genéricamente como “indios”, sus diferencias fueron negadas por el ojo homologante de los colonizadores, todos se convirtieron en “indios”, y todo lo indio se consideró como igual; además, sus diferencias con respecto de los españoles fueron vistas como desviaciones y carencias, lo cual llevaba a sustentar su supuesta inferioridad. Sólo fueron reconocidos en aquellos opacos reflejos que se vislumbraban en el espejo de la nueva oficialidad, mientras que todo aquello que no encontró un correlato, o un paralelismo evidente con los nuevos parámetros culturales impuestos, se convirtió en superchería, errores y mentiras; o en el mejor de los casos; en un burdo remedo de la Verdad implícita en el modelo occidental.

 

Frente a esta interpretación tan pobre en alcance y tan injusta en su consideración, requerimos enfoques de otro tipo que permitan una interpretación, donde el otro  tenga cabida no como mero agente pasivo receptor de todo lo que se le impone, sino como una fuerza en relación dialéctica con la instancia hegemónica. En este dinamismo cultural de continuos reacomodos sociales, el maíz ha sido una línea que cruza los diferentes momentos históricos que han vivido estas comunidades de origen indígena. El maíz visto, vivido y reverenciado como Padre y Sustento, vínculo con la tierra y los antepasados, es un rostro con el que se interactúa en una relación interpersonal de sumo respeto, postura frente a la cual, la relación objetivante, propia del mercantilismo contemporáneo, resulta sumamente grotesca. Hablamos, pues, de culturas diferentes, con formas distintas de relacionarse con el entorno.

 

Las fiestas de los santos patronos en las fechas claves que corresponden a los momentos críticos del ciclo agrícola del maíz, dan cuenta del proceso de selección y reelaboración simbólica de elementos cristianos aplicados a la realidad agrícola de este tipo de comunidades, lo que genera un tipo peculiar de religiosidad sincrética que permite cierta comunicación entre los sectores sociales que imponen y los que reciben la imposición. Los santos quedaron integrados como entidades divinas que comparten el espacio de la naturaleza con los humanos, recibiendo de éstos ofrendas que se entregan con un fin práctico bien definido, al modo de las relaciones sociales de reciprocidad interhumana. Así pues, los santos quedan comprometidos a regresar la dádiva por medio de su trabajo en favor del éxito del ciclo agrícola.