Por Alejandro Garza Fernánde Landoni  |

Imaginemos a un pequeño hombre muy activo, frente a una súper computadora, con cuatro pantallas. Tiene una corona del Burger King, de la espalda le cuelga una capa y porta unos lentes finísimos. Pues bien, este ser humano pertenece al grupo de los llamados criptopunks, esas personas que defienden el uso de la criptografía —escritura secreta o comunicación clave—, entre otros métodos, para debatir con el Gran Hermano y lograr un cambio social.

Los criptopunks afirman que buscan la protección de la libertad individual de los gobiernos y toman la criptografía como arma secreta para salvaguardar la solidaridad, soberanía e independencia de grupos y países enteros, más la emancipación internacional. Su fin último es poner en clave la comunicación de la gente común y hacer transparente la de los poderosos. Por eso, encriptan la información para que no pueda interceptarse ni leerse. Su escritura secreta permite que sólo las personas involucradas en esta actividad puedan leerla.

Entre las tribus cibernéticas del mundo del internet, las más sonadas son la de los hackers y la de los hacktivistas, y podemos agregar a los criptopunks; digamos que, en general, los tres son hackers, pues todos son personas muy hábiles en informática y entran ilegalmente en sistemas y redes ajenas. Sin embargo, entre los hacktivistas y los criptopunks haymás afinidad, porque ambos van en pro de la sociedad y por eso se les conoce como programadores, filántropos e investigadores. Pero los criptopunks son los únicos especialistas en la encriptación de la información.

Que la información es poder es una convicción no sólo de los criptopunks, sino también de las empresas y los gobiernos, lo cual explica que compañías como Google, Facebook y Twitter, entre otras, pasen a este sector político la información que generamos cuando nos conectamos a internet o a las redes sociales. Por supuesto, esa información antes es llevada por los cables de fibra óptica —en el caso de Latinoamérica— y después pasa por el filtro de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) de Estados Unidos. En otras palabras, nuestra información va directo a la NSA, lo cual provoca que se controle y se tome a favor cierta información especializada —como la reunión de un grupo selecto para hacer una propuesta social o develar los hábitos de consumo de un grupo, por ejemplo—. Es un hecho que toda la información generada en las redes sociales gringas cae en el gobierno estadunidense.

Uno de los casos evidenciados fue el de Facebook, quien estuvo haciendo reportes de transparencia, luego enviados a Argentina, Bélgica, Inglaterra e Italia. En especial, Italia solicitó 1 705 de los 12 mil reportes que se elaboraron, lo cual demuestra la gran demanda de información y cómo el tráfico de datos representa un gran negocio para estas corporaciones. Otro caso sonado fue el de unos franceses que negociaban con otros países mediante un software de encriptación llamado Eagle.

Tal vez lo más significativo sea cómo los gobiernos se pelean por saber de los demás; entre ellos, es evidente que Estados Unidos tiene una gran ventaja. Eso explica la aparición de iniciativas de legislación del ciberespionaje como la Patriot, ACTA, PIPA, CISPA y SINDE. Aunque todas estas legislaciones han sido aprobadas, Estados Unidos declara que no hay leyes que impidan espiar a otros países y a sus ciudadanos. Sus acciones espías han alertado tanto a Peña Nieto —por la infiltración para saber qué pasaría con el petróleo mexicano—, como a Dilma Rosseff, presidenta de Brasil; y tales acciones también desacreditaron a Google, Skype, Outlook y otros servicios de Microsoft.

Acerca de estas intromisiones, Estados Unidos aduce como argumento su lucha contra el terrorismo, las drogas vendidas por internet, la pedofilia y las sospechosas cifras del lavado de dinero. Para respaldar lo anterior, Barack Obama sostiene que el espionaje tiene, sin duda, una parte que afecta a la  privacidad de los demás, pero la otra se justifica por la seguridad del país que lo ejerce; es, afirma, una relación de 50-50.

Es de sobra conocido el caso del criptopunk Julian Assange, creador de Wikileaks. Este australiano permitió el conocimiento de los aficionados a la criptografía y de los ideales de esta contracultura, reflejados en el libro Criptopunks.

Los dos casos anteriores —el de Estados Unidos y el de Assange— provocaron un giro de 380 grados que ha afectado al status quo y a muchísimos países del mundo, como muestran las revoluciones de la Primavera Árabe, y otros golpes a las esferas de poder que buscan conquistar el mundo.

Para George Orwell, el presente era ya visible: en su libro 1984, la Policía del Pensamiento resultan ser las compañías estadunidenses, que buscan saber todo lo que pasa alrededor de sus redes y aparatos —nos referimos al espionaje tanto a los archivos de la computadora, al auricular del celular, como a la información que creamos al interactuar en internet—, mientras que la Hermandad serían los criptopunks, hackers y hacktivistas.

Como puede observarse, la conquista del pensamiento es interceptada por el buscador Google, quien sabe más de tus búsquedas que tú mismo.

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