Por Yarmille Cuéllar Farías  |

Al llegar a casa por la madrugada, siente las piernas entumecidas y los calcetines le lastiman; está segura de que tiene ampollas. Tras retirarlos con mucho cuidado, encuentra dos en la planta de los pies. Mientras el agua caliente corre sobre su adolorido cuerpo, se dice “no habrá otra vez”.

***

Ellim es católica. A pesar de eso, nunca pasó por su mente caminar durante horas hacia la Basílica de Guadalupe. La idea de caminar kilómetros sólo para agradecer un año más de vida le era totalmente ajena. Cuando su familia se lo propuso, pensó que sería una locura, pues ignoraba cómo era una peregrinación, pero aceptó. El recorrido empezaría en Chalco, municipio del Estado de México, hasta la Basílica de Guadalupe, en el Distrito Federal, una distancia aproximada de 45 kilómetros. El grupo en el que caminaría estaba conformado por diez personas, entre ellas amigos y familiares.

 

Se prepararon desde un día antes. Llevaron lo necesario para protegerse: tenis cómodos, ropa deportiva no llamativa, gorra y lentes de sol.  La salida fue a las 4 de la tarde del 12 de diciembre. Un paso apresurado los sacó del municipio en poco tiempo, para tomar la carretera México-Puebla y enfilarse a la ciudad de México. La caminata comenzó a complicarse debido a que la carretera sube y baja, lo que dificulta el avance. Esa primera parte del recorrido les tomó mucho tiempo. En un principio, Ellim y su grupo tomaban lo que las personas les ofrecían a lo largo del trayecto, aunque no tuvieran hambre. Consideraron descortés negarse a recibir lo que otros regalaban en cumplimiento a su propia manda. Más tarde, cuando el cansancio volvía todo más pesado de llevar, se arrepentirían de haber aceptado esa comida que guardaban en sus bolsas o mochilas.

 

El sol caía con fuerza sobre sus cuerpos, sus manos pesaban y comenzaban a hincharse: los anillos ya no salían de sus dedos. El cansancio y el calor obligaron a beber gran cantidad de agua, lo que complicó la situación, pues no había un baño cerca. Durante el recorrido, Ellim observó a una familia: los esposos y tres hijos pequeños. El menor de ellos era empujado por su madre en una carriola; el hijo mediano iba en los brazos de su padre, quien no sólo lo cargaba a él, sino también a una gran imagen de la Virgen de Guadalupe decorada con diamantina; el hijo mayor iba a paso lento, llorando, tomado de la mano de su madre. Se trataba de una estampa de la fe. Aquellos peregrinos sólo utilizaban sandalias de plástico ya muy desgastadas por el camino; sus pies se veían con ampollas y sucios. Era evidente que ya estaban muy cansados.

 

Por fin, el grupo salió de la autopista y llegó a la calzada Ignacio Zaragoza, a la altura del tren ligero Acatitla. En una plaza comercial, pudieron ir al sanitario y refrescarse. Descansaron un poco para continuar su marcha minutos más tarde. A estas alturas del viaje ya cada miembro del grupo llevaba un paso diferente, pero aunque se habían disgregado, se mantenían cerca. Los tenis lastimaban, las ampollas anunciaban su nacimiento con fuertes ardores, pero —pensaron— si se quitaban los tenis corrían el riesgo de que por los pies hinchados ya no entraran. Entonces Ellim recordó el acuerdo inicial entre los miembros de su grupo: si alguien ya no podía caminar, tenía que decirlo y todos lo auxiliarían.

 

Comenzaba a oscurecer y ya iban a la mitad del camino. El viento frío cortaba la piel de sus caras; en vano intentaron cubrirse de él con la mano. En el trayecto, Ellim cayó en un pequeño hoyo del pavimento y se torció el pie, lo que hizo que todos aligeraran el paso. Al principio, el dolor era suave, pero fue incrementándose conforme los minutos pasaban. Su madre trataba de infundirle fortaleza para continuar, tomándola de la mano. Alrededor de Ellim, había gente variopinta: bebés, ancianos calzados con tenis sencillos; algunas personas cargaban en la espalda grandes imágenes de la Virgen, de esas que pesan aproximadamente diez kilos. Gente muy humilde y otros de mejor posición económica caminaban en aparente igualdad, con un solo propósito en mente: llegar a la Basílica de Guadalupe. Muchos de ellos llevaban tres o cuatro días caminando, en agradecimiento por la sanación de algún familiar, por la salud del recién nacido o sólo por tradición.

Las mandas que pagan los peregrinos dependen de cada uno de ellos. En algunos casos, prometen caminar desde algún estado de la República y después ir de rodillas a lo largo de toda la calzada de Guadalupe hasta llegar al templo. Hay gente cuya manda consiste en dar de comer a los peregrinos: agua, jugos, helados, frutas, dulces, medicinas, vendas, carnitas, birria, tacos de guisado, son totalmente gratis para los caminantes.

***

Ya está oscuro. En la avenida Iztaccíhuatl se levantan dos carpas: en una dan comida y en la otra, atención médica. Ellim se registra en ésta. La revisan. El gas frío quita de inmediato su molestia. También le ofrecen medicina para la hinchazón. Su último alimento había sido hace cuatro horas. Ahora está sedienta. Ellim toma fuerza y continúa como “nueva”, a no ser porque comienza el dolor de espalda, cadera y pantorrillas. La Basílica ya está cerca. Nadie va de mal humor, a pesar de todo lo que han pasado.

 

Al entrar a la Calzada de Guadalupe, el cansancio es evidente. Sus poco más de cuatro kilómetros son para Ellim la promesa del final. Los peregrinos se agolpan a grado tal que hay cuidar no pisar a quienes avanzan de rodillas. El efecto del gas frío pasa rápidamente y el pie le duele más que antes; sin embargo, la imagen de la Basílica ayuda a sacar fuerza de flaqueza. Mientras el grupo de Ellim se compacta para evitar separarse entre la multitud, unos vendedores ofrecen imágenes y recuerdos de la peregrinación; al instante, un par de policías aparece y les quita la mercancía para aventarlas en la caja de la camioneta. Los vendedores discuten y, en un tris, otros seis policías ya están detrás de ellos. Todos observan la injusticia, pero, agotados, nada dicen. Finalmente detienen a los vendedores.

 

Al fin, Ellim está ante las puertas de la Basílica, al fin ha llegado a su meta. Pero el paso está cerrado. Las autoridades alegan que ya no cabe nadie y que los que alcanzaron a entrar ya se disponen a cantar Las Mañanitas. Los de afuera tendrán que esperar hasta las seis de la mañana. Por unos momentos, la desilusión se apodera de Ellim, pero a pesar de todo siente una profunda felicidad por haber cumplido, por estar ya ahí. Pasados unos minutos, su mente divaga e imagina el interior del recinto. Observa el lugar lleno y evoca la imagen sagrada. Un sentimiento profundo la invade de repente y agradece en silencio por un año más de existencia.

 

Pasado el momento y con el cansancio a cuestas, el grupo emprende el regreso, esta vez en automóvil. Durante el trayecto, Ellim repasa mentalmente el difícil recorrido y la enorme satisfacción de la promesa cumplida. Y concluye “no habrá otra vez”.

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