Por Fernanda Campos |

 

 

“Nadie puede entender Auschwitz si no estuvo encerrado ahí,

por más que se explique”

Asher Ud, superviviente

 

Delincuentes alemanes convertidos en héroes e intelectuales polacos, en prisioneros constituyen una manera de mostrar los cinco años de incertidumbre y abusos en Auschwitz, sitio que daba la bienvenida a sus nuevos “habitantes” con la leyenda “El trabajo os hará libres”. La antesala de la muerte durante la segunda guerra mundial —donde perdieron  la vida millones de inocentes, esclavizados, torturados y ejecutados— permanece en nuestra memoria con nítidas imágenes proporcionadas por el cine, la literatura y archivos de la época que nos ofrecen un remota idea del exterminio judío.

 

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El pasado 27 de enero de 2015, el recinto que hoy conocemos como símbolo del Holocausto celebró el septuagésimo aniversario de la liberación de sus prisioneros supervivientes con una ceremonia frente al memorial de Birkenau, Polonia. El campo de concentración más grande de este suceso histórico albergó aproximadamente un millón 300 mil víctimas y fue irónicamente disfrazado de normalidad, pues pagaba un ticket sencillo de ferrocarril para cada preso, por los niños medio ticket y por grupos de más de quinientas personas, un paquete de “excursión” para arribar a lo que fue el último destino de más de un millón de seres humanos. Hasta el día de hoy este espacio destila crueldad. Podemos decir que es recordatorio oficial de lo que somos capaces de hacer los humanos a nuestro prójimo, una advertencia contra la repetición de un crimen semejante y, al mismo tiempo, una forma de cultura y educación para las generaciones de posguerra, que a fin de cuentas seremos las encargadas de transmitir la historia y evitar que vuelva a existir otro genocidio similar.

 

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Con motivo de esta conmemoración, el gobierno polaco y el Museo de Auschwitz decidieron hacer una gran reunión a la que asistieron un centenar de sobrevivientes, entre los cuales estuvo Angela Orosz, nacida dentro del campo y quien a sus 71 años volvió a encontrarse cara a cara con el primer y más cruel panorama que conoció del mundo. También estuvieron presentes el preso 46464, Miroslaw Celka, internado en el bloque XI dedicado a torturas y aniqulamientos, y el veterano ucraniano Ivan Martynuchkin, integrante del Ejército Rojo, que tras dos años de lucha con el Primer Frente Ucraniano en una división de infantería, participó en la liberación; actualmente, a sus 91 años aún recuerda con claridad la mirada de aquellos “muertos en vida”:  “Me acuerdo de sus rostros, sobretodo de sus ojos que dejaban ver lo que habían vivido, pero al mismo tiempo se daban cuenta de que estábamos ahí para liberarlos”.

 

Estos hechos —considerados por muchos como los cimientos de la Alemania actual y el emblema de todo lo que se le exige rechazar de su pasado— sigue siendo un tema polémico en lo social y político, pues se ha pedido en repetidas ocasiones dejar en el pasado tan desagradable recuerdo: desde 1949, cuando los aliados realizaron una campaña de reeducación para mostrar a la población que la justicia y la razón estaban del lado de los vencedores y posteriormente, en 1990, círculos conservadores extendieron la invitación para dejar en el olvido a Auschwitz y la Solución Final. Estas peticiones probablemente seguirán siendo negadas generación tras generación; para muestra, las palabras de Wladyslaw Bartoszewski, ex jefe de la diplomacia polonesa y ex prisionero del campo: “Lo que los nazis quisieron destruir, vamos a salvarlo del olvido”.

 

Y es que después de 70 años la herida permanece abierta: muestra de ello es la polémica desatada en la actualidad entre los gobiernos que han caído en “dimes y diretes” sobre los verdaderos héroes tras la declaración del ministro polaco de Relaciones Exteriores, Grzegorz Schetyna, quien afirmó que “Rusia no liberó Auschwitz; fueron soldados ucranianos”.  A lo que más de uno respondió, incluyendo al combatiente Martynuchkin, que en entrevista declaró que uno de sus compañeros más cercano era georgiano: “Había kazajos, armenios, claro que había ucranianos, pero éramos, antes que nada un ejército internacional. Estábamos todos unidos, pertenecíamos al pueblo soviético”. Al parecer, los países que formaron parte de este eje y Rusia no han logrado entender esta situación, pues a un cuarto de siglo de la caída del muro de Berlín siguen sin poder limar asperezas.

 

La inútil polémica ha sobrepasado los límites internos y el recordatorio de las tragedias desatadas por los conflictos políticos no ha logrado reunir a las figuras involucradas más significativas en las instalaciones del único campo de concentración que sigue intacto tras la derrota del ejército nazi. A raíz de las declaraciones, que sin duda metieron el dedo en la llaga, apareció la indignación de Moscú, lo cual nos lleva a afirmar que el “heroísmo” personal  no es lo más relevante del tema. Si así fuera, ¿dónde queda la mención impecable de Witold Pilecki, integrante voluntario del Ejército Secreto Polaco que se infiltró en el campo para crear una estrategia desde adentro? Al final, las autoridades rusas afirmaron que los primeros en arribar al campo fueron integrantes del Primer Frente Ucraniano, integrado por ucranianos, rusos, georgianos, moldavos, bielorrusos y uzbekos, lo cual refuerza las palabras del veterano que otorgó su testimonio.

 

Es lamentable que la causa que los unió el 27 de enero de 1945, haya sido la misma que los distanció el presente año. La consecuencia de ello  fue la ausencia de Vladimir Putin a la conmemoración. El presidente ruso ha denunciado en repetidas ocasiones que considera las declaraciones como “intentos de reescribir la historia para devaluar el papel de la Unión Soviética en la victoria contra el fascismo”, pensamiento al que se suma la cancillería rusa por considerarlos una falta de respeto a la memoria de los caídos. Finalmente, entre afirmaciones sobre si se hicieron o no invitaciones personales a los diferentes gobiernos, los países asistentes fueron Francia, Alemania, Ucrania, Estados Unidos, Bélgica, Holanda, el cardenal arzobispo de Cracovia, Stanislaw Dziwisz —en representación de la Santa Sede— y, como representante de Rusia, una delegación encabezada por el viceprimer ministro, Serguéi Ivanov.

 

Pronto, el único testigo que podrá seguir contando su propia historia será el mismo campo de concentración, que se extiende sobre poco menos de 200 hectáreas y que, año con año, recibe la visita a miles de personas en los restos de las cámaras de gas, hornos crematorios y lo que queda de 300 campamentos de barracas,  para mostrar esta verdad histórica. A diferencia de los demás campos como Sobibor, Treblinka o Belzec, que fueron destruidos por los mismos nazis, éste se mantiene tal como quedo al fin de la guerra. Lo único que eliminaron sus creadores fue el llamado Muro de la Muerte, en el que a partir de 1941 se hicieron fusilamientos masivos y hoy es sustituido por una réplica. Para lograr todo esto, en años anteriores Polonia hizo un fondo solicitando 120 millones de euros. Alemania otorgó la mitad con el objetivo de financiar su conservación durante 25 años más; hoy en día pretenden obtener ingresos anuales de hasta cinco millones de euros que permitan continuar preservándolo.

 

Política y poder han vuelto a mostrarse en una situación en la que la mayor importancia debería ser, sin duda, la presencia de los sobrevivientes, pues “es su voz la que advierte más firmemente contra nuestra capacidad de practicar la humillación, el odio y el genocidio” tal como afirma el sitio en línea del museo. Soldados inflitrados, prisioneros exterminando a sus compañeros, niños, mujeres, ancianos y discapacitados ejecutados, otros más electrocutados voluntariamente en las cercas que los separaban de la libertad y ejércitos agotados luchando contra las condiciones climáticas, forman parte de esta historia que marcó a la humanidad y que utópicamente nos debería instar a no caer de nueva cuenta en crímenes similares, aunque los hechos ocurridos alrededor del mundo en la actualidad, como en Siria, Irak, Ruanda o México se empeñen en indicar lo contrario.

 

En medio de enredos y desacuerdos que traspasan las fronteras políticas y el tiempo, comprobamos que desafortunadamente “Hay heridas que nunca se cierran”.

 

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