Por David Patlán |

Quienes vimos la televisión mexicana entre los ochenta y noventa, la recordamos con aburrimiento y hastío monotemático: insufribles domingos musicales y noches somníferas viendo 24 horas, el único noticiario capaz de transmitir a todo el país la realidad encuadrada durante casi tres décadas. Así crecí, dormitando por las noticias narradas por Jacobo Zabludovsky, quien fungió como la única fuente y voz de un México en blanco y negro.

Jacobo Zabludovsky se autodefinía como periodista. Recientemente le preguntaron sobre cuál sería su epitafio después de 70 años de laborar en la comunicación: “Aquí yace un reportero”, querido por el poder, respetado por sus discípulos, repudiado por sus antípodas, amigable con la pantalla y enemistado con la sociedad.

Julio Scherer, la otra enorme figura del periodismo mexicano, opinaba sobre su labor que “no había en su interrogatorio el escepticismo del que quiere saber, la sutileza de alguna pregunta envuelta en suave impertinencia”. Además, aseveraba que “la unión entre el gobierno y los medios de comunicación demostraba que existen los matrimonios perfectos. Jacobo Zabludovsky representaba la verdad oficial que se admite, porque no hay manera de recelar de un hombre con las altas virtudes inmanentes de nuestros gobernantes”.

Vicente Leñero explicaba que parte de la elocuente trayectoria del comunicador se debía al empoderado líder de opinión al servicio de la empresa a la que servía, relacionada, indisolublemente, con la “presidencia imperial” de un PRI que manejaba al país como si fuera de su propiedad. Tiempos de la única empresa televisiva, tiempos del único partido gobernante. ¿Qué periodista no responde a los intereses de su medio?

Impulsado por Miguel Alemán Velasco para conducir 24 horas, se sabe que Zabludovsky fungió en la burocracia priista como coordinador de radio y televisión en el gobierno de López Mateos, además de ser asesor en difusión y relaciones públicas en la administración de Gustavo Díaz Ordaz.

En 1988, la última transmisión de 24 horas, Zabludovsky se despidió con su típica postura grisácea, agradeciendo la llamada del presidente Ernesto Zedillo: “Gracias, señor presidente, buenas noches”.

El actual presidente de Televisa refiere lo siguiente: “Tengo grabado a Jacobo en mi mente; mi papá y yo siempre cultivamos esa amistad, pero no significa que haya sido una amistad heredada”.

Los mexicanos lo vimos reportar el terremoto de 1985, sismo que originó la idea de sociedad civil mexicana; narró los escombros de la ciudad de México, grises memorias.

Entre los recuerdos de su pantalla, destacan las parodias de los comediantes, la caída del Muro de Berlín, las explosiones de Chernobyl y la de San Juanico, los informes presidenciales, la guerra —siempre noticiosa— del Pérsico, en 1990. Inolvidable me parece el trágico 1994: la revuelta zapatista, las muertes de Luis Donaldo Colosio y de Ruiz Massieu.

Al despedirse  de manera inocua de su noticiero, dejó al frente a un Guillermo Ortega, que no supo adaptarse a otra deplorable competencia: Hechos.

Para mi generación, Zabludovsky también es un decadente comunicador; dos canciones lo aluden en franca referencia a su función televisiva. La primera, de Caifanes, El comunicador, lo refiere sin mencionar su nombre:  “tiene óptica cuadrada y vomita engaño, desconecta tu razón… es un foco de infección… es el comunicador”.

La segunda, Que no te haga bobo Jacobo, de Molotov, habla frontalmente de un desencuentro generacional: “De lunes a viernes transmites al aire, te pasas hablando como una comadre, repites en vivo noticias pamplinas… porque es tu trabajo que nadie se entere… porque te conviene tener a la gente ignorante… que no te haga bobo Jacobo… eres un agachón… chismoso, traidor, a todos nos miente Jacobo”.

Según  Ryszard Kapuściński,  el periodismo no es un oficio para cínicos. En tanto que para el comunicador, su función no es la objetividad: “El noticiero es siempre subjetivo. Lo de la objetividad es un mito. Un fotógrafo no es objetivo, porque hace su toma desde un determinado ángulo; la agranda, la recorta, según su antojo y su intención. En mi caso, también priva un criterio subjetivo desde que empiezo a dar las órdenes en la mañana. Veo lo que hay y, de acuerdo con mi criterio, le doy a una nota quince segundos o dos minutos. Incluso, la misma redacción de una nota influye de distintas maneras, y hasta la entonación de la voz puede cambiar la fuerza de una noticia”.

Zabludovsky fue premiado en éste y otros países por su labor como comunicador, por su real oficio.