Por Juan Pablo Brand Barajas  |

 

Más que a las drogas, al alcohol, al tabaco o al sexo, actualmente las personas están entregadas al entretenimiento. De ahí la afirmación de Gregory Bateson:

 

“El entretenimiento es una droga muy peligrosa, que parece que por el momento cura varios tipos de aburrimiento y de depresión, pero que de hecho es adictiva; le deja a uno, unas horas más tarde, más aburrido y más deprimido de lo que estaba antes. Si cualquiera de ustedes sufre depresión o aburrimiento, le recomiendo encarecidamente que evite todo entretenimiento”[1]

 

En la Roma antigua, la ley permitía a los acreedores esclavizar temporal o permanentemente a sus deudores cuando no cubrían sus préstamos en los tiempos y condiciones estipulados. A este tipo de esclavo se le denominaba addictus, aquel que era adjudicado por sus deudas. La palabra también podía ser utilizada para referirse a una persona inclinada, dedicada  o entregada a algo o alguien. Adicctus es el precedente latino del adjetivo castellano “adicto”. Desde esta acepción, se podría calificar como adicto a todo sujeto que tenga un interés acentuado sobre algún objeto.

 

A su vez, la palabra entretenimiento significa mantenimiento o conservación de algo o alguien; así que el adicto al entretenimiento es quien se entrega a mantener o conservar cosas, momentos, personas o todo aquello que pueda atraer su atención. La adicción al entretenimiento es una doble sujeción que limita la autonomía, la libertad y, por tanto, la responsabilidad. Por eso, puede ser tan atractiva para quienes se encuentran aburridos o deprimidos, como afirma Bateson, pues quien se dedica al entretenimiento no tiene que ocuparse de sí mismo o de otros.

 

El mismo autor agrega “está en la naturaleza de ser un organismo el que necesitemos lo óptimo, y no lo máximo” [2] . Difícilmente alguien dirá en estos tiempos “me entretendré lo óptimo”. En general, el fin del entretenimiento se vive como una pérdida terrible: las personas sufren el término de sus vacaciones, añoran los fines de semana, lamentan el límite de la fiesta, a los niños les faltan horas para seguir jugando, los adolescentes y jóvenes desean que todo sea divertido, esto es, la expectativa es el máximo entretenimiento.

 

La paradoja de estos afanes es que el entretenimiento lo único que deja es el ímpetu por mayor entretenimiento. De ahí que poco a poco disminuya la capacidad para estar sin entretenimiento y se incremente el desencanto por el esfuerzo que implican las actividades y procesos que conllevan concentración, silencio, reflexión y soledad. Se contagia la intolerancia por las condiciones necesarias para plantearse y compartir los dilemas humanos, bajo la premisa de que lo más importante es huir del aburrimiento y el dolor, pero parafraseando el brevísimo cuento de Augusto Monterroso [3], cuando acaba el entretenimiento, el malestar todavía está allí. La ansiosa espera por el entretenimiento, sumada al duelo por su cese, da cuenta de la insatisfacción de las personas en el desempeño de sus faenas cotidianas.

 

El psicoanalista Jacques Lacan denominó este sufrimiento derivado de la satisfacción con el término goce [4]. Es un concepto muy complejo sobre el cual no profundizaré en este artículo. Sólo diré que se trata del exilio del deseo, de la imposibilidad de crear lazos con la oferta simbólica de una época en particular y de una tradición en general. El entretenimiento es una esfera de la evasión del ser; como dice Bateson, nos distrae de la ananké definida en la Grecia clásica, que remite a la necesidad, a lo inevitable. ¿Qué es inevitable? El hambre, la sed, la respiración, la conciencia, la muerte. Tener el máximo entretenimiento es la vía de la autoaniquilación, no solamente individual sino como especie. La  Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura calcula que el buen uso de los recursos naturales permitiría alimentar a doce mil millones de personas; sin embargo, ochocientos cuarenta y dos millones de seres humanos sufren diariamente por la hambruna. La comida no les llega por las crueles consecuencias de la especulación de los mercados. Podemos decir que cientos de millones de personas no tienen qué comer a causa del enriquecimiento y entretenimiento de unos cuantos beneficiados. El agua se contamina, el aire se poluciona y la tierra se degrada por la pretensión del máximo bienestar. Si nos limitáramos al óptimo bienestar seguramente nuestra condición humana tendría una mejor calidad.

 

Lo inevitable se puede negar pero no erradicar; aunque nos resistamos a la evidencia, somos organismos biológicos que interactuamos en un sistema vivo en constante caducidad. Este mismo argumento podría utilizarse para justificar la entrega al entretenimiento, pero, finalmente, no podemos liberarnos de la conciencia, pues ella nos informa de manera permanente sobre la inevitabilidad, lo cual nos arroja en la angustia y la depresión si nuestra aspiración es sólo entretenernos.

 

Toda adicción es un autoexilio de la serenidad, una arritmia con respecto a la ananké de nuestro organismo y, por tanto, es goce, un incesante aceleramiento de la muerte simbólica y real. El entretenimiento es la trampa de los cazadores, somos atraídos con cebos impregnados con aroma de felicidad, nos cantan las sirenas la balada de “te lo mereces”, nos mantienen en el parque de diversiones, para que perdamos la medida de lo óptimo.

 

La palabra austeridad es para muchos insultante, quizá por su referencia a la dificultad y la aspereza. Por eso, me gusta más la palabra templanza que es un entretejido de moderación, sobriedad y continencia. La templanza permite la identificación de lo óptimo. Mi pretensión no es moralizante; estoy muy lejos de una intención similar. Es simplemente la visualización de un contexto posible para cubrir nuestras deudas inconscientes, acabar con la esclavitud, dejar de ser addictus para poder percibir las resonancias de nuestro ser en el mundo y del mundo en nuestro ser, anclar nuestro deseo en la ananké, para que no derive en goce, para que sea vida y no precipite nuestra muerte.

 

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Referencias

[1] Gregory Bateson,“Epistemología de la organización”, Cuadernos de Información y Comunicación, núm. 14, 2009, p. 22.

[2] Idem.

[3] Augusto Monterroso, Obras completas (y otros cuentos), Barcelona, Anagrama, 1998.

[4] Jacques Lacan, El seminario de Jacques Lacan, Libro 7. La ética del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1988.