Maricel Flores Martínez  |

 

Mi adicción empezó a los 13 años; fue un ruso —cuyo nombre olvidé— quien me llevó por este camino, pero aún recuerdo tres palabras de aquella primera experiencia: Los que vivimos. Desde entonces, he continuado haciéndolo infinidad de veces.

Sin embargo, a pesar de que el nombre del autor escapó de mi memoria, la lectura de aquel primer libro —Los que vivimos— me dejó una profunda huella. Por eso soy una adicta; para  mí, leer se ha convertido en una necesidad; amo los libros, no salgo de casa sin uno de ellos, son mis fieles compañeros. Siempre me acompañan, pues aprovecho cualquier momento libre de mis actividades diarias para leer. No concibo un día sin hacerlo.

Siempre que empiezo una lectura, temo concluir; me atrapa tanto que desearía no llegar al final. Cuando el desenlace se aproxima, comienzo a sentir tristeza, pero luego emprendo la búsqueda de otra lectura. De hecho, siempre tengo algunos volúmenes en lista de espera, a la que no puedo dejar de sumar otro y otro más.

Mis visitas a las librerías son constantes. Pero en la inmensidad de las novedades, yo pregunto por las ofertas, pues hoy día el costo de los libros impresos se ha elevado escandalosamente; no es tan fácil adquirirlos, ya que antes deben cubrirse otras necesidades más básicas. La versión digital se presenta como una posible alternativa a esta situación, pues parece que es más accesible, pero de inicio hay que invertir en un lector digital, que no siempre resulta barato. Por otro lado, yo prefiero el libro impreso: no hay nada mejor que cargarlo, hojearlo, palparlo, pues pasar cada una de sus hojas es un deleite. Y colocarlo en el librero después de leerlo, también tiene su encanto, sobre todo porque siempre es posible volver a tomarlo entre las manos y hojearlo para releer frases, escenas que más me gustaron.

Cuando era niña, en mi casa no había libros, salvo los que me pedían en la escuela. No crecí entre gente a la que atrajera la lectura, ni hubo alguien que me inculcara el gusto por leer. Pero recuerdo que cuando llegaba a algún sitio donde había libros, los tomaba y empezaba a hojearlos; así fue como llegó a mí Los que vivimos. Pasados los años, cuando comencé a trabajar —lo cual ocurrió a muy temprana edad—, pude al fin adquirir mis propios libros, lo que me hizo muy feliz. Y aunque alguien me dijo que hay que saber desprenderse de ellos —es decir, prestarlos aunque no regresen— porque de ese modo se invita a otros a leer, debo confesar que yo no puedo dejarlos ir, pues ya forman parte de mí.

Por eso no entiendo cómo hay a quienes les cuesta tanto trabajo abrir un ejemplar y empezar a leerlo. Decir “no tengo tiempo”, “son muy caros”, “me aburro”, “no nací para eso” son sólo pretextos que privan a la gente de una gran experiencia.

Es muy sencillo tomar amor a la lectura y adentrarse en un libro es maravilloso: si lees con atención, si te dejas llevar, te vuelves parte de lo que sucede, vives la historia. Sólo necesitas abrir tus sentidos, estar dispuesto a disfrutar para que eso suceda. No declines ni te des por vencido; te aseguro que cuando llegues a las primeras páginas no querrás dejarlo y comprobarás que no vas a poder leer sólo uno.

Llevo 40 años ininterrumpidos de lectura, 40 años cargando un libro conmigo. No entiendo bien de dónde surgió este gusto, pero tampoco me importa ya saberlo; estoy complacida con mi adicción, pues me ha dejado grandes satisfacciones. Ojalá todas las adicciones fueran así, porque sin duda este mundo sería mejor.

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